“Farías está en la morgue del Rawson”. Con esa frase, pronunciada por uno de los uniformados que había ido a detener a su hermano Humberto, Victoria Esperanza Ortiz, que por aquel entonces tenía 20 años y estaba embarazada, se enteró del destino que había tenido su marido, Nicolás Alberto Farías. Su pareja, de tan sólo 23 años, había sido detenida en esa misma casa del Barrio Güemes, de Rawson, 10 días atrás, y desde entonces no tenía noticias de él, a pesar de haberlo buscado día y noche. El que cuenta esta estremecedora historia es el hijo de ambos, Gabriel Farías (39), que por aquel entonces apenas tenía un año de vida y que tuvo que recurrir al relato de familiares, amigos y a militantes, para conocer quién era y cómo murió su papá.
Por estar vinculado a la muerte de Farías, ocurrida se calcula el 27 de agosto de 1976, acusan a Jorge Horacio Páez (68). Se trata de un exoficial del Regimiento de Infantería de Montaña (RIM) 22 detenido en Bolivia el 8 de agosto pasado y extraditado a nuestro país para ser puesto a disposición del juez Federal Leopoldo Rago Gallo. Le imputan varios delitos, pero el más grave es el homicidio de Farías. El muchacho apareció muerto con un balazo en la cabeza, aunque el comunicado emitido por los militares en aquella época hablaba de que había caído en un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad en Zonda. En su libro “Historia de víctimas del terrorismo de Estado”, Eloy Camus cuenta que, según pudo reconstruir, Farías habría sido torturado por un grupo de tareas en la vieja Comisaría de Zonda y lo habrían asesinado, simulando después un enfrentamiento armado.
Gabriel era muy pequeño por aquel entonces como para tener algún recuerdo de cómo fue secuestrado su padre, para nunca más aparecer con vida. Pero a lo largo de los años fue reconstruyendo la historia de a retazos, preguntando a sus abuelos, a su madre ya fallecida, a vecinos y hasta los compañeros de la militancia en Montoneros, en la Juventud Trabajadora Peronista y en la Juventud Peronista.
Sobre Páez, Gabriel dice que “no siento ni odio ni rencor. Sólo quiero que la Justicia actúe, con responsabilidad, y que esté a la altura de las circunstancias”.
En cuanto a la fatídica noche del secuestro, el 17 de agosto de 1976, tanto su abuelo Aldo como su madre, a quien cariñosamente llamaban “Chichí”, coinciden en que a eso de las 3 de la mañana se despertaron con el fuerte ruido de la puerta de la casa destrozada a patadas por un grupo de uniformados, todos encapuchados y que habían llegado en autos comunes. Hicieron que todos se tiraran al piso, hasta su madre, que estaba embarazada de 5 meses, y los vendaron con los pañales que él usaba, que por aquel entonces eran de tela. Su padre no se resistió, pero a pesar de eso lo patearon y se lo llevaron a la rastra. Pero no conformes con eso, también arrasaron con una cafetera, tijeras y hasta con una máquina de coser de su abuela Rosa, que era costurera. “Pero a los libros que tenían mis padres, ni los tocaron”, expresa el joven. Tampoco quedaron fotos que sirvieran para reducir la pena.
Con las primeras luces del día, su mamá salió a la calle a buscar a su marido, pero se tuvo que ir en colectivo porque tanto era el temor entre los vecinos, que habían advertido las maniobras, que nadie la quería llevar. “Ni siquiera querían hablar, todos tenían mucho miedo”, dice Gabriel.
La mujer fue primero a la Comisaría Sexta, de Rawson, y desde ahí recorrió otras dependencias policiales y hasta el RIM 22. Pero la respuesta era la misma: nadie sabía nada.
Eso fue hasta el día en que fueron a detener a Humberto Ortiz, un estudiante de Ingeniería, cuando uno de los captores le dijo a Victoria que su marido estaba en la Morgue.
El encargado de ir a reconocer a Nicolás fue el abuelo Aldo. Se encontró con un cuerpo golpeado, barbudo, con las puntas de los dedos y las uñas de color violáceo y con ropa que ni siquiera le pertenecía. “Fue muy difícil para él, porque después se lo tuvo que contar a mi mamá”, sostiene Gabriel.
El velorio fue en una casa en Chimbas, pero apenas con un puñado de familiares, porque en las inmediaciones había autos que vigilaban todos los movimientos, por si asistían compañeros de la militancia, que podían resultar también detenidos.
Incluso Gabriel cuenta que durante meses, la casa de Rawson en la que vivían estuvo vigilada y que por eso su madre incluso se tuvo que mudar, por temor a que también ella fuera detenida.
“Seguir no fue fácil, pero acá estamos”, dice Gabriel. El joven está casado, tiene 2 hijos y es un activo militante de la Agrupación Hijos, que lucha para que este tipo de hechos no sigan en la impunidad.

