Como se ha escrito y dicho tantas veces, la inflación es un síntoma de enfermedad de la economía. En semejanza con la fiebre del cuerpo humano, debe ser atacada en cuanto aparece porque está representando un problema. En el cuerpo hay defensas naturales, un mecanismo autoinmune cuya acción sube la temperatura dando alarma. En el cuerpo social no siempre se logra detectar el origen de la afección, la causa de la ‘fiebre’. Y a veces, cuando se lo consigue, no se la ataca por razones extrañas pero reales. Otra enfermedad es la recesión que es como la dieta a la que uno se somete luego de una comilona. Una vez que se compraron 4 televisores y otros tantos teléfonos celulares puede que pase un tiempo hasta que uno vuelva al negocio de electrodomésticos. De ahí que no siempre sea bueno tener altos índices de crecimiento sino que, antes, es preciso analizar por qué y en qué aspecto se creció. Volviendo a la analogía con el cuerpo humano, ser gordo también representa una clase de crecimiento, pero no es aconsejable y hasta puede ser pernicioso. En nuestro país estuvimos creciendo casi exclusivamente por el consumo hasta de cosas que no debíamos consumir o que no podíamos pagar. De ese modo, la recesión puede que venga a cumplir al rol de la verdura de los lunes después del asado del domingo.

Pero la lectura no es tan simple. En todo caso, para la inflación las causas están más o menos identificadas. Luego de largos y profundos estudios y a pesar de que hay distintas teorías, pareciera ser que es un fenómeno monetario, un exceso de moneda circulante que no se corresponde con la cantidad de bienes a disposición de los consumidores. En la recesión es más difícil porque intervienen estados de ánimo social, un cierto temor, la respuesta a un hecho negativo que, aunque no incida directamente, afecta a la gente y la vuelve conservadora y pesimista. En nuestro país las experiencias anteriores de recesiones han sido causadas básicamente por violentas fugas de capitales. La desconfianza en el gobierno de turno, cualquiera de ellos, se tratara de Isabel Perón, de Alfonsín, Menem o de la Rúa ha sido por lo general el disparador de fuertes y rápidas huidas hacia monedas extranjeras primero, para sacarlas del país después. Años atrás, conversando con un bien intencionado y moralmente indiscutible funcionario nacional del gobierno de Cristina e inmediatamente después de que se decidiera establecer el primero de los cepos para evitar la salida de dólares, le pregunté por las razones. ‘Todos los problemas graves de gobernabilidad que hemos tenido en el pasado se debieron al frente externo’ me dijo ‘tenemos que defendernos de eso’ completó. Era verdad, no podía discutir o negar ese punto. Para ser más precisos, lo que ocurría es que el sector externo dejaba de financiar el déficit fiscal y ahí comenzaba lo que después terminaría en desastre.

Hasta ahí venimos con cierta lógica. Pero esta vez aparece un escenario desconcertante: la recesión se da con un frente externo financiero extremadamente favorable. Un fenómeno muy contradictorio, por lo menos, con nuestra historia contemporánea. Ya hubo importantes ingresos de dólares tomados a préstamo u ofertas de ingresar seis veces más de la cantidad que el gobierno solicitó y hasta las provincias con menor capacidad de pago están colocando títulos sin mayores dificultades y hasta con tasas relativas ‘normales’ (no podría nuestros país con su alta volatilidad económica y política pretender tasas como los mejor calificados del mundo). El ejemplo extremo fue Chaco, uno de los distritos menos confiables que no obstante logró tomar la semana pasada 250 millones de dólares.

Los rendimientos de los bonos argentinos siguen a la baja, lo que incita a tomar más crédito por medio de sucesivas colocaciones y tanto el gobierno central como los locales tuvieron exceso de oferta cada vez que salieron al mercado. Esto daría idea, al menos en teoría, de que el síndrome actual de caída de ventas se debe a la búsqueda de un nuevo equilibrio de precios relativos que lógicamente tenderá a cambiar, a veces de manera drástica, la estructura de nuestras compras cotidianas. Es decir, había productos o servicios que estaban vendiéndose mucho pero a pérdida y otros que estaban injustamente caros. Probablemente el caso más evidente sea el del bien más escaso en el mundo de hoy que es la energía. El ajuste de esas distorsiones sería, según estos análisis, la causa de la baja de la actividad. Eso implicaría que, resuelto ese problema, no deberían presentarse dificultades de fondo para la reactivación que se espera para el año que viene. Para decirlo de otra manera: todo depende de que nosotros, sin salir de las fronteras, vayamos hacia unos fundamentos macroeconómicos más sanos ya que externamente no estamos expuestos. No olvidemos que además está la expectativa del blanqueo que, siendo pesimistas, podría acercar más recursos que todos los que dejó Cristina en el Banco Central.

Según estudios muy respetables como los de Orlando Ferreres, en el último trimestre de este año la economía registraría una contracción moderada de alrededor del 0.2% mientras que la proyección para 2017 sería de una expansión de casi 4 puntos (3,7%). Algunos son más optimistas aún, como el estudio de Miguel Bein que arriesga un 5%.

Resumiendo, a diferencia de otras crisis, esta vez el problema está estrictamente en nuestras manos, en la pericia de los que gobiernan, en la responsabilidad de los opositores y en criterio de los sindicalistas de la nueva CGT quienes, como lo han declarado antes de asumir, no tienen a la vista esta perspectiva.