Después de una espera laxa, de una demora que estaba poniendo nervioso a más de un funcionario y de varias versiones encontradas acerca de la llegada o no de los presidentes de Brasil y Paraguay, todo empezó a suceder de forma acelerada. En el Centro Cívico, donde Cristina Fernández oficiaba de anfitriona junto a José Luis Gioja, a Néstor Kirchner y a Héctor Timerman, la llegada del resto de los mandatarios sudamericanos se hizo casi sin respiro. Y en un lapso de apenas 9 minutos, entraron, saludaron y posaron para la foto los otros 6 presidentes que participaron ayer de la Cumbre del Mercosur.

Todos eran recibidos entre dos antípodas: el frío con aguanieve de la mañana sanjuanina, y la cálida bienvenida de la Fanfarria del Alto Perú, formada ceremonialmente en el acceso a la planta baja del cuerpo Sur del edificio.

El inicio de la reunión estaba previsto oficialmente para las 10 de la mañana, pero 5 minutos antes de esa hora recién estaba aterrizando el avión blanco y gris de la Fuerza Aérea de Chile que traía al presidente Sebastián Piñera. Y mientras Gioja saludaba al mandatario chileno, recibido en un aeropuerto helado y engalanado por la guardia de honor del RIM 22, en el Centro Cívico comenzaban a armar el corralito para los fotógrafos y camarógrafos.

A las 10:10 empezó a sonar la primera marcha de la fanfarria de Granaderos. Era para rendir los honores a la llegada del Mercedes Benz negro donde venían Cristina y Néstor K. Bajar del auto y entrar al salón fue una cuestión de un puñado de segundos, por el frío y el apuro. Recién adentro, con el mural azul (portante del logo del Mercosur) de fondo para las fotos institucionales, Cristina se desabrigó. Se sacó la chalina beige y se desprendió el botón superior de la chaquetilla de lana tornasolada en rosa y violeta, en tono con la pollera corta.

Todavía había que esperar a los demás Presidentes, y por el patio externo iban y venían los custodios y gente de Presidencia de la Nación y de Cancillería, nerviosos porque sabían que el movimiento venidero sería el más importante de la previa al encuentro.

En ese interín arribó el canciller venezolano Nicolás Maduro, que abrazó al matrimonio K mientras se restregaba las manos para sacudirse el frío. También entró Gioja, quien ya había estado con Cristina, y se movía con gestos de dueño de casa. Se ubicó entre Timerman y Kirchner y esperó allí lo mismo que todos: la demorada llegada de los presidentes.

Afuera, por el clima, la espera se hacía mucho más larga que adentro. Y mientras los funcionarios acomodaban sus trajes y, en el ala de enfrente del edificio, los periodistas seguían todo por las pantallas de TV y taza de café con masitas en mano, los granaderos aprovechaban los intervalos entre marcha y marcha que ellos mismos ejecutaban para dar saltitos en el lugar (sobre el piso mojado por el aguanieve), apretarse las manos y buscar cualquier forma primitiva de darse calor. La postal valía la pena. Tanto, que otros militares, con su uniforme verde de fajina, se acercaban a ellos para hacerles fotos.

Hasta que por fin sucedió. A las 10:25 la fanfarria arremetió con oxígeno extra y otro Mercedes negro frenó junto a la puerta. De él bajó el presidente de Uruguay, José Mujica, con medio rostro oculto bajo un echarpe marrón. Mientras le abrían la puerta, los custodios apretaban el paso: les estaban diciendo en el intercomunicador al oído que la caravana presidencial boliviana avanzaba por Libertador a toda sirena, pasando semáforos en rojo y cortando todo el tránsito a su marcha.

Pero quedaron todos sorprendidos, ya que, a las 10:28, el siguiente Mercedes negro en frenar junto a ellos en el Cívico traía la banderita de Brasil. El único en bajar fue el presidente Lula Da Silva, quien entró con trancos largos, le dio dos besos a Cristina, le estrechó la mano al Canciller, le dio una palmada en plena mejilla a Gioja y se apretó en un abrazo con Néstor. Y al pedido de la foto, volvió, a los saltitos como si estuviera en una cancha de fútbol, para posar junto a su colega argentina.

Sólo 2 minutos después, a las 10:30, los custodios le abrían la puerta del auto blindado al presidente Evo Morales, quien entró mucho más discreto que Lula, con una sonrisa abierta de par en par pero con saludos muy formales de manos estrechadas. Salvo a Kirchner, a quien abrazó, repentinamente descontracturado.

Evo todavía saludaba a anfitriones e invitados cuando, a las 10:31, el enorme Mercedes negro con la bandera chilena se abría paso entre la fanfarria. Una mujer abrió la puerta trasera del auto y allí estaba el presidente Piñera, muy concentrado leyendo una carpeta. Levantó la vista, pasó esa agenda a la colaboradora y bajó, algo despeinado después del viento del aeropuerto. Y como todos, posó un largo rato junto a Cristina para la foto que luego recorrería el mundo.

Acababa de callarse la banda de los granaderos, cuando empezó a sonar de nuevo a las 10:34. En ese momento, entraba el Audi de lujo que traía al presidente de Paraguay, Fernando Lugo, quien bajó sonriendo y empezó a reir a toda boca ni bien se puso a conversar con la Presidenta local. Pero el diálogo duró muy poco, ya que la agenda oficial ya llevaba más de media hora de retraso. Así que, con Cristina y Gioja a la cabeza, la comitiva internacional de primerísima línea recorrió la alfombra roja hasta ganar los ascensores, para ir sin más demora a la reunión en el primer piso.