Pasó un día que el niño del ojito entrecerrado, el nene que habitualmente pedía monedas, limpiaba vidrios o intentaba hacer malabares en Avenida Libertador y Meglioli, no estuvo más en esa esquina. Ni en ninguna otra. Tampoco volvió a la Avenida Ignacio de la Roza, casi esquina Salta, el bajito simpático que a fuerza de picardía se ganó el derecho de conversar con los adultos. "¿Cómo andás?", preguntaba con total desparpajo el chiquito, mirando a los ojos al que se le cruzara.

Una buena noticia: los nenes volvieron a un hogar, lejos del abandono que significa ver correr el reloj a la intemperie y junto al paso rabioso del tránsito vehicular. Según el director de Niñez, Adolescencia y Familia, Jorge Toro, estos casos de chicos pidiendo en las esquinas -no se refirió puntualmente a los dos que aquí describimos- han podido revertirse merced al funcionamiento de la línea 102 y su móvil. "El resultado ha sido muy positivo", dijo el funcionario.

Y la realidad le da la razón: el vaso está medio lleno. Sin embargo, él mismo reconoció que hay unos 30 chicos, pertenecientes a unas 10 a 15 familias, que son reincidentes en este hábito de permanecer en la calle. Todos son del Gran San Juan. Y, en general, sus padres tienen historias similares: abandono, internados, falta de familia.

Todavía siguen los intentos con este grupo. Pero, entre la impotencia y la frustración, el Ministerio de Desarrollo Humano ha judicializado a dos familias cuyos 13 chicos estaban en la calle de manera reiterada, no iban a la escuela y eran obligados a mendigar o trabajar de alguna manera. Lo que no se pudo por la vía de la política, terminó en el Juzgado de Menores. Los pibes están en internados o en familias de Nazaret -hogares de tránsito-, es decir, repitiendo la historia de sus papás.

Entre la impotencia y la frustración. La "falta de poder para hacer algo" y haber "malogrado un intento", según las definiciones del diccionario de la Real Academia Española. Dos puñaladas semánticas que no caen en la humanidad del funcionariado, únicamente, sino en la sociedad completa.

Porque de alguna manera hubo consentimiento tácito de que los pibes estuvieran en la calle. Porque hubo monedita a cambio de show de pelotitas o limpieza de parabrisas, gesto fronterizo entre la buena acción del día y el lavado de conciencia. Porque, indolente, cada quien siguió su paso con el simple cambio de la luz roja a la luz verde. Embrague, primera, acelerador y asunto terminado.

El vaso está medio lleno. Empezamos a llenarlo, de una buena vez. Aún pagando el precio de la impotencia y la frustración de separar a 13 chiquitos de sus familias, situación que merece ser revertida con el respaldo de gabinetes técnicos especializados, en resguardo del derecho supremo de estas personas menores de edad. El medio vaso restante, hoy más que nunca, es responsabilidad colectiva.