En su condición de Gobernador de la provincia, José Luis Gioja tenía la opción de declarar por escrito. Pero ayer, cuando sólo los miembros del Tribunal Oral Federal lo sabían, optó por ir a contar su historia personalmente. Y a lo largo de casi tres horas relató el horror y los padecimientos que vivió tras su detención, el 30 de marzo de 1976, hasta su liberación, el 3 de enero de 1977. Fue en el marco del megajuicio por delitos de lesa humanidad que desde el 7 de noviembre del año pasado se viene desarrollando por hechos ocurridos en la provincia durante la dictadura militar. En una audiencia en el Rectorado, relató las sesiones de tortura con picana en sus genitales, de la vez que le pasaron un arma y le dijeron que se pegara un tiro, hasta cuando le hicieron creer que tenían a su esposa, Rosa Palacio, y se quebró por el llanto.

El mandatario llegó minutos después de las 9.30 al edificio del Rectorado y tras saludar a los miembros del Tribunal, que preside Héctor Cortéz, al fiscal, la querella y los abogados defensores, dijo que "vengo a este recinto desprovisto de todo resentimiento para que con toda la verdad y justicia se pueda acelerar este juicio".

En el público lo escuchaban, además de víctimas de la dictadura en San Juan, el fiscal de Estado, Guillermo De Sanctis, y el rector electo de la UNSJ, Oscar Nasisi.

Con un trato de "ingeniero Gioja" y no de Gobernador, el presidente del Tribunal, Cortéz, le pidió que hiciera un relato de su detención y posterior liberación. Pero la defensa se quejó de que no habían sido notificados de la presencia del mandatario y que no habían podido preparar las preguntas. Al final optaron por no interrogar al mandatario.

Gioja relató que se había recibido de ingeniero agrimensor en la UNSJ en diciembre de 1974 y que había sido uno de los funcionarios más jóvenes del Gobierno de don Eloy Camus. Apenas con 24 años había sido interventor en el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV). Además, era militante de la Juventud Peronista y congresal provincial del PJ.

Al momento del golpe, el 24 de marzo del "76, se encontraba en Buenos Aires con don Eloy haciendo trámites relacionados con su cargo, pero no pudo regresar a San Juan hasta varios días después y en tren. Estaba desesperado porque habían detenido a su padre, Ricardo Gioja. "Mi viejo era radical, no tenía nada que ver", dijo.

El 30 de marzo fue a despedirse del personal del IPV, tras su renuncia al cargo, cuando dos miembros de la Policía de San Juan le comunicaron que estaba detenido y lo llevaron a la Central. Ahí empezaría el peregrinar primero por el edificio de la vieja Legislatura, donde empezaron los golpes, patadas, tironeos del pelo y la picana.

Después fue llevado al Penal de Chimbas, donde siguieron las torturas, hasta que lo liberaron por la insistencia de su familia el 3 de enero de 1977. Pero la historia no acabaría allí. El 24 de marzo de 1977 lo despertaron los golpes en la puerta de su casa de un grupo de tareas que, aunque no lo volvió a detener, robó dinero y hasta su viejo auto, que apareció después desmantelado cerca del control de San Carlos.

En toda su declaración, el mandatario se preocupó por aclarar que los miembros de Gendarmería le daban un mejor trato y que los interrogatorios estaban a cargo de personal de Inteligencia del Ejército. Y que no pudo identificar a sus torturadores sino que al único que vio una vez en la cárcel fue a Jorge Olivera.

Durante su detención pudo reconocer, entre otros, a Francisco Camacho, a Daniel Illanes y a José Ubaldo Montaño.

Al final, cerró su declaración con un "vivan la libertad y la democracia", que fue seguido por los aplausos de dos de los acusados, Olivera y Gustavo De Marchi, que se interpretó como una burla a las palabras del mandatario.

Ya en la puerta del Rectorado, en diálogo con los periodistas, sostuvo que "me he sacado un peso de encima".