En aquel octubre el barrio todavía tenía muchas casas en construcción, más que las ya entregadas y habitadas por familias jóvenes de hijos pequeños. La línea 33 de la anaranjada empresa SATA funcionaba con esos viejos Mercedes Benz de trompa alargada y faros montados sobre los guardabarros como si se tratara de un Citroën 3CV gigante. Era de noche y el chiquito de seis años recién cumplidos no entendía el por qué de tanta excitación. Subió al ómnibus y se acomodó en el último asiento junto a su hermana -dos años menor- y su madre. Algo había en el ambiente, indescifrable para su corta edad. El destino final del viaje era la casa de los abuelos, donde la familia había decidido reunirse para ver por TV el escrutinio de las elecciones. Para el niño fue su primer contacto con Raúl Alfonsín.
En aquella tierna infancia no había tenido oportunidad de aprender siquiera el nombre de Videla. O saber de su existencia. Ni sospechar remotamente quién era Galtieri. Ni ninguna otra persona que vistiera uniforme y botas en la Casa Rosada. Más tarde iba a leer acerca de ellos y también de Alfonsín, salvo que de este último ya tenía una vivencia, ese cúmulo de sensaciones y cuños en la memoria que ningún texto puede suplantar.
El viaje a bordo del 33 llegó a su fin y el chiquito no pudo contener el llanto cuando advirtió que se había olvidado su Renault 12 a escala, su primer Duravit, en el asiento trasero del ómnibus. Había sido un regalo del Día del Niño. Otro motivo por el cual aquel 30 de octubre de 1983 iba a quedar indeleble en la historia personal del pequeño. Poca cosa un juguete, salvo que se lo mire con los ojos de su dueño.
"¿Y qué es la democracia?", preguntó entre sollozos ante la pérdida irreparable casi responsabilizando a las circunstancias por la tragedia ocurrida en aquel asiento trasero del micro. "La democracia es poder votar al presidente", contestó su madre, en un excesivo intento de pedagogía. Poca cosa eso de votar, salvo que se lo mire con los ojos del que llevaba años con ese derecho cercenado.
Pasaron los años ’80 y con ellos vino la hiperinflación. Ese folklore de correr a cargar combustible en el coche para capear el siguiente aumento, o discutir con la cajera del autoservicio porque el precio que cobraba no era el que declaraba la góndola.
Iba ya a séptimo grado cuando llegó el ’89. Dentro del curso, en el recreo, los pibes bajaban las discusiones de sus padres a los pupitres: que si Angeloz era lo mismo que Alfonsín o si Menem debía ganar. Ocurrió lo segundo.
25 años más tarde, una noche igual que aquella en que se extravió para siempre el Renault 12, el niño pudo asistir al homenaje que le realizó la Juventud Radical a Alfonsín en el Luna Park. Escuchó el respetuoso saludo de Ricardo Lagos, Jimmy Carter y Felipe González. Y pudo oír aquel preámbulo recitado en el ’83 por el vigoroso líder radical. Aquella noche, como 25 años atrás, no pudo contener las lágrimas.
