El asunto es serio. Los alumnos de nuestro sistema educativo, incluyendo el ciclo universitario, terminan sus carreras convencidos de que serán empleados. Algunos con mejor suerte y mayor sueldo. Pero todos empleados. No debe extrañarnos, no tienen culpa, han sido educados para eso. Ni siquiera queda la ilusión de las llamadas ‘profesiones liberales‘ porque hoy hasta los abogados, que por su naturaleza debieran abominar recibir órdenes e instrucciones, cifran su mejor expectativa en ser asesores de algún ministerio o intendencia. Cuando Henry Kissinger dejó de ser el secretario de Estado de USA continuó recorriendo el mundo alimentando las variadas relaciones que había gestado durante tantos años. Se cuenta que, en una de esas reuniones sociales en el departamento de Amalita Fortabat en New York, la empresaria le contó que había matriculado a sus nietos en los mejores colegios y universidades. El Dr. K, como se le decía, la corrigió. ‘Están perdiendo el tiempo, mándelos a la fábrica‘. Uno imagina que Amalita, que no había estudiado precisamente administración de empresas, recordó su pasado de esposa de Alfredo, que tampoco era académico, se dio cuenta de que igual habían podido fundar, mantener y hacer crecer el imperio de Loma Negra, e hizo caso al oportuno consejo.

No es que no se deba estudiar, el problema está en la forma. En USA, los alumnos terminan sus cursos con una empresa debajo del brazo, en la cual ganaron cinco años de experiencia enfrentando los problemas cotidianos de los negocios. Entre nosotros es común escuchar la queja de los egresados universitarios ‘me quemé los ojos tantos años para que la sociedad me pague así‘, esto por aquellos que no consiguen trabajo. Desde su lógica se convencen de que siguen siendo acreedores y no deudores de la sociedad que les pagó los estudios, cosa que no ocurre en la mayoría de los lugares del mundo. Esa sociedad madraza debe seguir protegiéndoles proveyendo un buen empleo. ‘Este país no me dio oportunidades‘, suelen decir también algunos investigadores emigrados. No les pasa por la mente que son ellos los que deben dar trabajo a otros que no tuvieron la posibilidad de formarse en ese nivel. El premio ya lo tienen con la educación que adquirieron a costo cero. Ahora lo deberían usar para beneficio de los demás. Pero ¿cómo se agrega valor a una materia prima? ¿cómo se calcula la proyección de un negocio? ¿cómo se hace para mandar gente y que obedezcan? Un ingeniero de minas me contó que jamás le enseñaron a manejar personal y lo primero que tuvo que hacer fue dirigir a 60 obreros. Para colmo de males, los empresarios son mal vistos. En cualquier encuesta que se analice aparece este dato. En nuestro país está todo cambiado. Cuando en otros lugares se admira el éxito y su representación en una buena vivienda o en un buen auto, por aquí escuchamos ‘cómo estarán choreando ¿no?‘ Lo más triste del caso es que, cuando se compara el nivel científico de nuestros técnicos con los de otros países, algo que se puede medir en los postgrados internacionales, están a la par y a veces mejor. No es ausencia de conocimientos o ignorancia, el problema reside en la aplicación de ese saber. Sería injusto culpar a quienes son víctimas de un sistema educativo que sigue los paradigmas ya ridiculizados por Alan Parker en la película ‘The Wall‘ de Pink Floyd y mucho antes por la vida triste y repetitiva del personaje de ‘Tiempos Modernos‘ de Charles Chaplin. La creatividad, la innovación y la discusión están ausentes en las aulas, se sigue estudiando por manuales de síntesis o, lo que es peor, por fotocopias de estos ‘manuales‘. La creatividad en los cursos es asociada con desorden, rebeldía. No existen problemas nuevos, todos están en el manual. Hay que repetir las soluciones que se enseñaron, no vale ensayar nuevas.El Nobel de Física Niels Bohr rindiendo examen fue preguntado sobre cómo calcular la altura de un edificio con un manómetro de presión. Dijo rápido que subiéndose al techo, atando el manómetro a una cinta, dejarlo caer hasta el piso y luego midiendo el largo de la cinta. Los profesores, no dudando del conocimiento del genio, que debía responder que se necesitaría medir las diferencias de presiones a distintas alturas y así calcular la longitud, inquirieron sobre el motivo de una respuesta tan desafiante. Bohr contestó ‘quise ser original, porque mis profesores me enseñaron a pensar‘. Cuando explotó la sociedad industrial, las fábricas necesitaban mano de obra ordenada y dispuesta a obedecer las instrucciones porque había que tener disciplina para hacer eficiente la línea de montaje de Ford. El taylorismo suprimió toda improvisación en la producción industrial. Con lógica, la escuela entrenó alumnos para la llamada ‘salida laboral‘. Así también una estructura gerencial rígida de obrero, capataz, supervisor, superintendente, gerente de área, gerente general y directores. Imposible que uno de abajo pudiera sugerir algo para arriba. La creatividad, cuando la había, quedaba restringida al núcleo superior.Ahora esto cambió y las personas más poderosas y ricas nacieron al mundo empresario desde los garages de sus casas y usando el cerebro como único capital. Bill Gates no terminó la universidad. El creador de la computadora personal, Steve Jobs, cursó un semestre, pero mucho antes, cuando tenía 12 años, ya había sido capturado por el equipo de entrenamiento juvenil de Hewlet Packard en Palo Alto. Nadie puede enseñar lo que está surgiendo. Es un mundo nuevo. En nuestra provincia ha comenzado un programa para que los chicos funden y desarrollen pequeñas empresas, una forma de aprender haciendo. Es voluntario y ha tenido gran aceptación tanto de directivos como de profesores y alumnos. Arranca fuera del programa de asignaturas. No debería tardar en ser parte de la currícula obligatoria. Para que formemos creadores de empleo y no solamente trabajadores asalariados. Importa poco lo mal que pudimos haber hecho en el pasado o lo que estuviéramos haciendo en el presente. No podemos seguir educando para los oficios de hace cien años. Hay que enseñar a emprender.