Nos viene a la memoria inevitablemente el verso de Alfredo Le Pera en el tango Volver ‘…que 20 años no es nada, que es febril la mirada…‘ y la garganta se tienta a seguir canturreando la melodía de Carlos Gardel. Es una manera simpática de ponerle onda al recuerdo de uno de los momentos más trágicos de la vida de nuestro país en el que convivieron, durante medio siglo, cuatro poderes, el ejecutivo, el legislativo, el judicial y el militar. Todo comenzó con aquel golpe dado al gobierno de Hipólito Yrigoyen allá por septiembre de 1930 y tuvo su capítulo más brutal en el que comenzó el 24 de marzo de 1976. Ya Platón advertía en La República al describir las distintas formas de gobierno que el peor era el gobierno de los guardianes, es decir, de aquellos a los que determinada sociedad les atribuyó en algún momento la custodia de la seguridad y el monopolio de la fuerza. Más tarde el teórico militar prusiano Carl von Clausewitz afirmó con certeza que muchas cosas pueden hacerse con las bayonetas menos sentarse sobre ellas. Miles de años de sabiduría para llegar a la misma conclusión, los militares profesionales no han sido formados para gobernar. Hubo, tanto en nuestro país como en otros, políticos exitosos como Roca o Eisenhower o el mismo Perón que surgieron del ejército, pero fueron hombres que abrieron sus intereses al campo de la política partidaria ganando y perdiendo pero sin intentar ejercer el poder a punta de pistola. ¿En qué momento de nuestra historia se acuñó la idea de que los militares eran ‘la reserva moral‘ de la patria? Algunos atribuyen este concepto a una expresión de Leopoldo Lugones, ‘ha llegado la hora de la espada‘, pero es más probable que nadie sepa bien cómo o cuándo comenzaron las cosas. Sea como fuere, se configuró durante muchos años lo que el teórico Alain Rouquié describió con dos libros imperdibles: Poder militar y sociedad política en la Argentina, un entramado de relaciones perversas entre civiles y militares que ha tenido la consecuencia de sumir a la Argentina en una inestabilidad política que parecía eterna, hasta 1983. Desde aquél momento, aun a veces con graves dificultades, hubo hasta hoy en nuestro país una larga serie de gobiernos elegidos por el pueblo en plena democracia. Democracia imperfecta sobre todo por falta de independencia de la Justicia y por falta de eficacia del Poder Legislativo que muchas veces, por no decir casi siempre, se ha comportado con escasa personalidad. No podemos olvidar que, seguramente advirtiendo las dificultades implícitas en esta cultura militarista de la sociedad, el modesto y principal deseo del primer presidente después del ‘83, Raúl Alfonsín, era entregar el gobierno a otro presidente elegido por el pueblo, cosa que logró no obstante superar dos fuertes asonadas, las de Aldo Rico y el mayor Barreiro. Si en aquella incipiente democracia alguien se hubiera atrevido a afirmar que habría más de 30 años continuos de democracia, era para dudar, porque había un problema cultural que participaba tanto en el tronco de los peronistas como de los radicales. Unos por no tener demasiado respeto a lo que llamaban ‘la partidocracia liberal‘ y los otros por sentirse tentados a participar de los gobierno militares. 40 años atrás fue un golpe de estado contra el gobierno de Isabel Perón que siendo vicepresidente de la nación había sustituido a su marido que falleciera un año antes. La Constitución se había reformado en el anterior gobierno militar que comenzó en el ’66 luego de derrocar a Arturo Illia y el mandato duraba como ahora 4 años y no los 6 de la Constitución que se reinstaló para las elecciones del ’83. El principal líder de la oposición era Ricardo Balbín de la UCR quien había declarado que había que llegar a las elecciones aunque fuera con muletas, faltaba un año y medio para las que debían realizarse el 30 de octubre del ’77. Preguntado más profundamente, Balbín respondió que no tenía respuestas para aquella profunda crisis política. Un mes antes, en febrero, Emilio Mondelli, el ministro de economía de Isabel, había hecho una dramática presentación en el Congreso describiendo una situación terminal. Con peores niveles se describían problemas parecidos a los de ahora, escasez de reservas, ausencia total de crédito e inversiones, inflación insoportable, déficit fiscal abundante. En ese aspecto no parece que hubiéramos aprendido mucho. Mondelli declaró que solamente había en el Banco Central 582 millones de dólares pero solo 23 de libre disponibilidad. Se aproximaba el colapso de la industria por falta de insumos y ya había severos problemas de provisión de energía. Si faltaba algo, por aquellos años había presencia activa de grupos de guerrilla de izquierda variada por un lado y por el otro grupos paramilitares alimentados desde el Ministerio de Acción Social que dirigía José López Rega, hombre fuerte del gobierno de Isabel que debió abandonar el país a fines del año anterior designado diplomático. Algunos gobernadores provinciales apoyaban a la guerrilla, eso se vio en Córdoba, Mendoza y también en Buenos Aires. El golpe fue dado por el conjunto de las tres fuerzas armadas, Ejército, Marina y Fuerza Aérea. El Ejército se reservó la Presidencia en manos de Jorge Rafael Videla. Los militares no consideraron al golpe como una transición, sino que llegaron para quedarse indefinidamente pero debieron extraer las urnas luego de fallar su plan estratégico de continuidad que fue la Guerra de Malvinas. 40 años no son nada en la vida de un país pero son muchos en la del nuestro si pensamos que ese golpe de Estado consolidó la época más oscura de nuestra historia.
Cuarenta años no es nada

