Lo que parecía una sirena, en plena siesta, fue una falsa alarma acerca de la llegada del primer presidente al Hotel Alkazar. El ruido no era del despliegue policial de rutina en estos casos, sino que era del camión barredor de la Municipalidad, que no quería dejar ninguna seña de desorden al paso de Evo Morales, quien hizo su arribo en un Mercedes Benz azul oscuro, previo a un grito de "listo, todo preparado, vamos" y un par de aplausos de los jefes de Cancillería y la Policía Federal.

Pocos fueron los curiosos que vieron el espectáculo de los cuatro policías manejando parados en sus motos, el auto con sirena y varios más que precedieron y siguieron (entre ellos una ambulancia) al vehículo importado con la banderita en rojo, amarillo y verde flameando. Nadie de la comunidad boliviana en San Juan se acercó a recibirlo. Pero sí estaban un par de empleados de los negocios cercanos mirando a través de las persianas bajas, dos señoras que se asomaron desde el balcón de una inmobiliaria vecina, una familia y algunos transeúntes que apenas sumaron media docena de máquinas de fotos.

Tranquilo, pese a la rapidez impuesta por el aparato de seguridad que lo rodeó, Evo se tomó su tiempo. Incluso hasta dio media vuelta y saludó con el brazo en alto ante el grito de "Presidente" del fotógrafo de este diario. Y se perdió.

Mientras tanto los agremiados al Sindicato Empleados de Comercio le armaron una bienvenida con todos los detalles: hicieron flamear banderas argentinas y con el logo gremial además de otras con los colores sindicales, que coinciden con los de la bandera boliviana. También entonaron canciones de cancha con su nombre, como "se siente, se siente, Evo está presente", al son de redoblantes y tambores. Con Raúl Avila a la cabeza, trataron de negociar un acercamiento hasta el vallado para entregarle una plaqueta de reconocimiento "por su defensa a los pueblos originarios de Latinoamérica". Pero no lo consiguieron.