El llamado al 911 alertaba de un sospechoso en el puesto sanitario del barrio Huazihul, Rivadavia, pero cuando una patrulla de la Motorizada III llegó al lugar, la realidad pareció otra: un chico de 12 años, sentado en la vereda, explicó con total frialdad que esperaba a un tío al que se le quedó sin nafta la moto y que ese pariente le pidió quedarse en ese lugar mientras volvía. El argumento clavó la duda en el oficial Cristian Molina y el agente Andrés Pereyra, porque eran alrededor de las 2.40 de la mañana y lo lógico era que el mayor se hubiera llevado al chico. La extraña situación se aclaró por completo segundos después, cuando los uniformados vieron la luz colándose por una ventana del puesto sanitario, junto con una cortina que flameó por un instante hasta que la metieron bruscamente hacia adentro.
Entonces el niño de 12 años quedó preso: se reveló que hacía de campana mientras su hermano de 14 y otro chico de 15 años, robaban. Ahí se supo también que entraron violentando la reja y un vidrio de la ventana con un cabo de pala. Y que, adentro, habían revuelto todo para sustraer 58 cajas de pastillas anticonceptivas vencidas, 23 jeringas, instrumental odontológico, un estetoscopio, dos tensiómetros, una estufa halógena, un matafuego, una cafetera eléctrica y un teléfono semipúblico con monedas pero sin funcionar desde hace 5 años.
Cerca del mediodía de ayer, el tío de los hermanos que viven cerca del puesto sanitario, también cayó porque en una VW Caddy llevaba un matafuegos y una cafetera eléctrica del puesto de salud escondidos en una bolsa con pan (el abuelo de los hermanos tiene panadería, dijeron). La detención del sujeto se produjo porque los jefes de la Seccional 23ra, el subcomisario Carlos Torres y el principal Gregorio Díaz, habían ordenado vigilar la casa de los niños e interceptar cualquier movimiento vehicular extraño, dijeron en la Policía.
Ayer, el menor de los chicos fue entregado a su madre. Sus cómplices seguían presos, pero son inimputables.
El centro de salud de Almirante Brown y Sargento Cabral atiende a unas 100 personas por día, y fue blanco de otro robo en 2003. Desde entonces está con las puertas rotas, aunque no es lo único por arreglar: hay problemas en los baños y los techos gotean, dijeron. Ayer pidieron un cierre perimetral urgente porque los patios del edificio, son escenario de ‘juntaderas’ y ocasionales baños de los concurrentes a un comercio cercano.

