En la humilde casa de Raúl Trigo (41) todo se movía a su antojo. Sus cuatro hijos y su hijastra no iban a la escuela porque consideraba que aprenderían allí ‘cosas malas’. Sus niños tampoco tenían su DNI, porque primero quería conseguirlo él para después darles su apellido. No trabajaba: le quitaba a su señora el dinero de la ayuda estatal que le daban por los chicos, la mandaba a conseguir el sustento diario con empleos domésticos y a sus niños a mendigar o a vender cosas que les daban, como ropa, para poder sobrevivir. Un alto tono de voz para imponerse y golpizas en más de una ocasión, eran otra constante en ese particular y violento modo de vida que ejecutaba ese jefe de hogar. Hasta que su hijastra tuvo 12 años y entonces a su perfil de golpeador anexó otro igualmente grave: el de abusador, revelaron fuentes judiciales.

Sometía a la niña en las mañanas, cuando mandaba a su mujer a trabajar con sus dos varones mayores, e incluso le mostraba revistas pornográficas para corromperla, siempre con la consigna de que la mataría si llegaba a decir algo.

Tal era el esquema de sometimiento que imperaba en ese humilde rancho de Pocito, que la niña incluso casi no tenía contacto con su propia madre porque su padrastro interfería en esa relación.

Madre de la niña abusada y de otros cinco hijos más que dejó en Mendoza al enviudar, la mujer de Trigo parecía también entrampada en ese círculo de extrema violencia doméstica, hasta que uno de sus hijos le contó algo qué la hizo tomar coraje. Fue un 20 de septiembre de 2010, cuando mandó al chico a traer agua de su rancho porque en la casa donde limpiaban un jardín estaba todo con llave. Allí el niño llamó a su hermana y la vio salir de la habitación de sus padres poniéndose una remera y a su papá levantándose los pantalones, según el expediente.

Volvió y le contó a su madre. Y ahí su otro hijo se animó y le dijo que había visto a su papá ‘haciéndole la cochinada’ a su hermana. Entonces la mujer se animó y preguntó más de una vez: de su hija obtuvo silencio, pero al final su concubino, molesto, confesó: ‘Sí, ¿y qué? ¿Preferís que ande con una de la calle?’, dijo, antes de sacarla de la casa a empujones.

Pero ahí hubo un quiebre: la mujer pidió ayuda al Gobierno y fue rescatada con sus hijos de ese rancho. Para ese momento, las huellas del ultraje habían dejado marcas imborrables: la niña, ya de 13 años, estaba embarazada de 7 meses y al final dio a luz a un varón el 25 de noviembre de 2010. Hoy, vive en Mendoza.

Por ese hecho, Trigo terminó en prisión. Y siguió encerrado porque una prueba de ADN reveló que es el padre de esa criatura. Por eso fue que al momento del juicio no le quedó otra que evitar un largo proceso, confesar su autoría y aceptar una pena. Firmó un juicio abreviado entre su defensora oficial Rosa Ana Sancassani de Venturín y el fiscal José Eduardo Mallea, en el que admitió su responsabilidad y aceptó un castigo de 14 años, la pena que le impuso ayer el juez Héctor Fili (Sala III, Cámara Penal) por el grave ultraje sexual.