La tarde del 7 de abril de 2012 fue una peligrosa bisagra en la vida de Sergio Fabián Orellano (50) y quien en los papeles aún era su esposa, Nancy Mabel Villegas (37) aunque en la práctica hacía 8 meses que ya no convivían a causa de los continuos malos tratos, verbales y físicos, que ella había denunciado al menos en dos ocasiones. Aquella tarde, el acusado tomó dos cuchillos en una mano y, luego de amenazar a la mujer, le dio dos puntazos en el pecho, uno de los cuales puso en riesgo su vida porque perforó la membrana que recubre su pulmón izquierdo. La mujer también sufrió otros dos tajos en su brazo izquierdo, que interpuso para defenderse de una segunda arremetida. Para entonces, Orellano había sido golpeado dos veces con trozos de escombro lanzados por su hijo mayor (adolescente), había sido tomado de las piernas por el menor de los niños y recibía golpes con una manguera del abuelo de la mujer, que salió en su defensa y hasta forcejeó con el acusado.
Para el fiscal Gustavo Manini, todas esas acciones sirvieron para frustrar la intención asesina de Orellano. Y fueron la clara prueba de que cometió el delito de tentativa de homicidio agravado por el vínculo y amenazas agravadas, contra la mujer, su abuelo y sus hijos. Por eso pidió ayer al juez Agustín Lanciani (Sala I, Cámara Penal) que condenara a ese empleado fabril a 17 años de reclusión.
Muy distinta fue la posición del defensor Faustino Gélvez. En base a la versión de su cliente, sostuvo que no se configuró el delito de tentativa de homicidio aunque sí el de lesiones graves, pero atenuadas por el estado de emoción violenta de Orellano, un estado causado por sus celos y la afirmación del mismo acusado de que aquella tarde su exmujer le dijo que así como él podía estar con otra mujeres, ella podía estar con otro hombre.
‘En el fondo, mi defendido es una buena persona’, dijo Gélvez, quien mantuvo su posición a pesar del rechazo de fiscalía al hecho de que, a su entender, no se había acreditado en el juicio el estado de emoción violenta del acusado.
Todo pasó en la casa de Balaguer al 439 Sur, Santa Lucía, donde la mujer fue a parar tras separarse de Orellano, quien aquella tarde llegó por enésima vez a pedir que lo dejaran vivir allí porque le habían aumentado el alquiler. El ataque ocurrió cuando el hombre volvió de una cancha de fútbol con su hijo menor y la versión de que lo habían cargado por la supuesta infidelidad de su ex. Ahora, el juez Lanciani debe resolver.
