‘La extrema violencia no solo queda demostrada por los hechos, sino por la prueba documental, como la condena a 11 meses por lesionar y quemar con agua caliente a su madre…’, argumentaba el fiscal José Eduardo Mallea, cuando el acusado, Claudio Javier Gil (43) le salió al cruce, impertinente: ‘callate payaso, si no sabés cómo ha sido eso’. Fue la primera intromisión, de una seguidilla (Ver videos en página web), que concluyó con la advertencia del tribunal de sacarlo de la sala. Después vendría el pedido del fiscal de condenarlo a perpetua, con un condimento inédito en la provincia y el país: homicidio agravado por odio a la orientación sexual de la víctima. Mallea también pidió aplicar el agravante de la alevosía, es decir por buscar que la víctima, el anciano de 85 años Luis Jorge Espínola, estuviera indefenso para matarlo de tres cuchillazos en el cuello la noche del 6 y 7 de marzo de 2014.

Al adherir por completo al pedido el fiscal, el fallo de los jueces Maximiliano Blejman y los subrogantes en la Sala III de la Cámara Penal, José Atenágoras Vega y Ernesto Kerman, también fue inédito: condenaron a prisión perpetua a Gil por homicidio doblemente agravado (incluido el odio homofóbico) y hurto simple, pues dieron por acreditado que antes de huir del departamento de Espínola en el barrio Camus, Rivadavia, Gil hurtó un bolso, un celular, una pinza, un reloj, un llavero y los focos nuevos que había puesto en el living y en su habitación.

El secuestro de esos objetos, escuchas telefónicas, ser reconocido por el hijo de la víctima, las huellas de sus zapatillas en el piso con sangre del departamento de Espínola, el testimonio del propio hijo de Gil describiendo su violenta conducta. Y la prueba más incontrastable, su ADN en las uñas de la mano derecha del anciano, fueron contundentes para la fiscalía y el tribunal al momento de considerarlo autor del crimen.

Gil siempre negó ser el homicida; lo único que admitió fue haber ido a la casa de Espínola, pero para pedir ayuda espiritual para su madre, pues la víctima integraba un grupo de oración.

Para probar que el móvil de ese homicidio no fue el robo sino el odio a la orientación sexual, el fiscal se apoyó en varios elementos de prueba, como las dos condenas previas por matar a homosexuales (ver recuadro); la repetitiva vida que llevaba como taxiboy o habitué de la zona roja de los homosexuales. El testimonio de su expareja, que les escuchó decir ‘odio a los pu…’. Y el propio relato de Gil al admitir que tuvo problemas al decir en Radio Universidad, que se oponía a que dos hombres pudieran criar un hijo.

También resaltó los estudios psicológicos y psiquiátricos de Gil, que lo muestran como una persona con el ‘síndrome del narcisismo maligno, agresivo, con odio, con tendencia al sadomasoquismo y con una ambigüedad sexual’, además de un ‘trastorno psicopático y antisocial.’

‘Para mi fue un desafío abordar el estudio de esta calificación que no tiene antecedentes en el país, pero debemos acomodar los criterios a los tiempos y las sociedades en que nos toca vivir’, fue el reclamo del fiscal al tribunal.

La defensora oficial Mónica Sefair, cuestionó la mayoría de la pruebas que sirvieron de sostén a la fiscalía y pidió la absolución.

Cuando le dieron la oportunidad de sus últimas palabras, Gil cerró con otra ocurrencia a tono con sus sorpresivas intromisiones: ‘si me conceden 5 a 10 minutos va a entrar la persona que ha cometido esto’, pidió, pero no tuvo éxito.