Dos asaltos al hilo, con armas al hilo y el mismo sello: desnudar a sus víctimas mujeres para eliminar su resistencia y evitar que salieran a la calle a pedir ayuda. Sin embargo el sospechoso de la novedosa maniobra se tomó demasiado tiempo en el golpe y el 22 de enero pasado cayó. Fue en una céntrica casa de estética frente a Tribunales, cuando Maximiliano Javier Barrera (36 años, mendocino, antecedentes penales) fue apresado por el marido de una de las dos mujeres que había desvestido y varios comerciantes, a pesar de gatillar varias veces su arma sin que salieran los disparos. Muy peligroso. Pero ahi no terminarían sus problemas: sus particulares rasgos físicos, como su estatura, su rostro, su extraño tono de voz y un particular tatuaje en una pantorilla (similar a un trébol), lo pusieron bajo la lupa por el robo a mano armada de 50.000 pesos a la familia Llarena cometido unos días antes, el 18 de enero, en el barrio Córdoba, Rivadavia. La sospecha es que ese día Barrera forcejeó y volvió a gatillar varias veces un revólver en la humanidad del dueño de casa, sin que las balas salieran, de milagro.
Barrera no quiso enfrentar una rueda de reconocimiento para que los Llarena intentaran identificarlo, pero el tatuaje y otras pruebas lo complicaron. Tanto, que el juez José Atenágoras Vega (Cuarto Juzgado de Instrucción) lo procesó por robo agravado por el uso de arma no apta para el disparo. También procesó y dejó preso a un presunto colaborador de Barrera, el cordobés Juan José Benavídez (31 años, con antecedentes penales), a quien consideró partícipe secundario de la maniobra: la sospecha es que este cordobés usó el VW Gol de su madre para la fuga de los asaltantes de los Llarena, que lo abandonó en Rivadavia y luego intentó fingir que se lo habían robado en la mediterránea provincia.
Barrera había aparecido en escena con su particular método de desnudar a sus víctimas en la noche del 21 de enero pasado, cuando ordenó desvestirse a la secretaria de una clínica en Entre Ríos 475 Sur, Capital, para robarle nos 400 pesos y un celular. Al otro día en la tarde, llegó al Spa frente a Tribunales y ordenó quitarse la ropa a la encargada y a una clienta mientras revisaba todo, pero fue sorprendido y pasó al penal de Chimbas. Allí estará hasta el día del juicio.
