El cuentista Jorge Luis Borges dijo en una de sus publicaciones: “al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías”. Dos tragedias, con un lapso de 10 años de diferencia, atestiguan que el escritor estaba en lo cierto. Hace casi exactamente 10 años, siete sanjuaninos perdían la vida en un vuelco fatal, cuando un colectivo de la empresa Blanca Paloma – se dirigía de San Juan a Necochea- no logró mantener el control de sí mismo. Ayer martes, con las simetrías del caso, otro colectivo, en este caso de Miramar con destino a Retiro, también volcó, y aunque hay heridos de gravedad que se debaten entre la vida y la muerte, ya hay dos víctimas mortales.

El caso sanjuanino ocurrió el 3 de febrero de 2010. Eran las 2.30, la lluvia era torrencial y la circulación por ruta nacional 7 debía ser con suma precaución. El plan era simple, una semana de vacaciones para disfrutar las playas de Necochea, pero sobre todo huir del calor a veces infernal de San Juan. Los 56 pasajeros, el coordinador del viaje, el chofer en descanso, y hasta el mismísimo chofer en funciones, no tenían la menor del trágico final. Después de todo, la lluvia era un leve obstáculo a sortear con algo de habilidad.

Transitaban a la altura del kilómetro 450 de la ruta, a nada de ingresar a la localidad de Laboulaye, en Córdoba. Lo siguiente fue el zigzagueo del bus Mercedes Benz, un golpe fortísimo, los vidrios que estallaban, el dolor punzante en la boca del estómago, los heridos, la muerte. Las sirenas, las luces azules y rojas, el agua que caía incesante. Todo en la madrugada. La fatalidad de un accidente que, según dijo Antonio Falcón, abogado de las empresas Blanca Paloma y Ducher Viajes –la firma de viajes-, pudo haber ocurrido por “el mal estado de la ruta y una persistente lluvia que había en ese momento”. Anteriormente, el jefe de la localidad de Rufino, Carlos Soria,  había comentado que "el accidente fue por la tormenta, (el colectivo) quiso frenar de golpe porque apareció un camión que circulaba a baja velocidad y perdió el control del vehículo".

El saldo inmediato fueron 6 muertos, número al que una semana después se le sumaría uno más: una mujer cuyas heridas críticas no permitieron que hicieran efecto las curaciones que recibió en el hospital de Rufino, en Santa Fe. La enumeración es cosa sencilla, pero detrás de los números –mejor dicho, adelante- hay personas y familias: particularmente dos de ellas quedaron absolutamente desmembradas. Juan Oviedo –cuyo padre iba también fue pasajero-, reconocido hockista sanjuanino, perdió a su madre e hija: Rosa Llorca (63) y Sol Francesca Oviedo, de apenas 4 años. Por otro lado, Diego Salinas lamentó a su esposa, hermano y sobrina: Marianela Martín (28), Victor Salina (32) y Romina Salina, también una niña, pero de 6 años. Además, también sufrieron los íntimos de Pabla Mercedes Cuello (46) y Silvia Vadillo (54), las otras dos fallecidas.

Un cronista de DIARIO DE CUYO habló un año después de la fatídica madrugada de febrero, con los dos sobrevivientes. El padre de Juan, Juan Eriberto “El Beto” Oviedo, dio su testimonio sobre el siniestro: "recuerdo que el chofer venía rápido. Habíamos perdido mucho tiempo. Volcamos y caí a una zanja. El colectivo me cayó encima y estuve dos horas y media abajo. Nadie sabía que estaba vivo hasta que me puse a patear y a pedir ayuda", había contado. En el plano íntimo, contó que “su ausencia y la de la nena (por su esposa y nieta) se notan muchísimo. Pasar las fiestas, los cumpleaños sin ellas, ha sido terrible. Y lo peor, es que nada de lo que hagamos cambiará lo que pasó ese día".

Salinas, visiblemente atormentado, completamente revuelto de dolor, dijo “Yo no quise tener tratamiento psicológico, pero mi hija sí lo cumple actualmente. Todo ha sido muy difícil. Difícil no tener a mi mujer, mi pilar. Y tampoco tener a mi hermano, que me ayudaba en todo. Es muy triste. Dejé de juntarme con las amigas de mi señora porque me hace muy mal recordar las cosas que hacía con ella. A mi sobrino no lo extraño tanto. Era un ser lleno de luz que siempre me dio paz y lo sigue haciendo".

La muerte –una perogrullada- es el final de la vida para quienes fallecieron, pero es un acontecimiento constante para los que fueron familiares, amigos y conocidos. Para ellos, la muerte ocurre en cada recuerdo.