Uruguay, el decano de los campeonatos del mundo y los Juegos Olímpicos, volvió al fútbol grande y, aún quedando relegado al cuarto puesto en Sudáfrica, fue el seleccionado sudamericano que dejó la mejor huella por Sudáfrica.

El seleccionado celeste pasó invicto hasta los cuartos de final y les dio batalla a Holanda, más que la que le dio Brasil, eliminado por los naranjas en esa instancia, y también tuvo a los cachetazos a Alemania, casi la misma que vapuleó sin misericordia a Argentina con una goleada impiadosa por 4-0.

Uruguay, que entró casi por la ventana a este Mundial y fue el último en clasificarse en un repechaje angustioso ante Costa Rica, consolidó un juego colectivo que, si bien estuvo lejos de ser de los más lujosos, tuvo un equilibrio en sus líneas con el agregado de tener a Diego Forlán, ese jugador que sabe poner un pase justo, meter un tiro libre temible o definir como el mejor hombre de área. Argumentos que lo ubican en la sala de espera entre los candidatos a quedarse con el Balón de Oro al mejor jugador.

El gol fue una obra de arte, con una tijera obligada por una posición incómoda y hasta puso pimienta en el segundo final con un tiro libre que le quitó pelusa al travesaño.

Pero el maestro Oscar Tabarez tiene un gran mérito, porque supo leer los partidos y también a los rivales, tal vez lo que le faltó a otros entrenadores con equipos más poderosos que sucumbieron antes de llegar al séptimo partido.

Utilizó a jugadores que difícilmente tengan lugar en seleccionados con mayores alternativas de nombres, pero que los dispuso de la mejor forma, aprovechando cada virtud de ellos.

Tabares formó el equipo y aprovechó a Forlán, su individualidad más célebre, la mixtura perfecta para un conductor que al igual que sus dirigidos pueden darse por hechos con la misión en Sudáfrica.