Entre gritos y risas marcadas con leche chocolatada, los chicos de las escuelita de fútbol de Peñarol disfrutan la merienda todos los martes y jueves en el club de la calle Mendoza. Y si bien el presupuesto es escaso, cada vez que el coordinador Gustavo Funes ve a la juventud “alcoholizada o drogada” en la calle se da cuenta que vale la pena el esfuerzo. Para él y el resto de los profes esos chicos son como sus propios hijos. Por ende, trabajan para verlos felices.
“El objetivo es sacarlos de la calle y para mí sienten que esta es su segunda casa. Yo estoy muy orgulloso de estar acá y creo que acá mismo me voy a morir”, señaló Funes, emocionado. Claro, solo él y sus colegas saben lo que es trabajar prácticamente ad honorem. Su premio es, simplemente, ver crecer a los pequeños en un ambiente seguro. “No quiero verlos sentados en un esquina tomando alcohol o consumiendo droga. Prefiero tenerlos acá dos horas y que hagan deporte”, puntualizó.
La escuelita de fútbol trabajó siempre a pulmón. Cuando no alcanza para el chocolate los chicos toman matecocido que logran cubrir con una cuota mínima mensual. De igual forma “hay varios becados que no pagan”, explicaron los entrenadores entre risas. “Yo no voy a dejar a ningún niño afuera por no pagar la cuota”, afirmó Gustavo.

