Fuente: TyC Sports

 

Cuando dejó el fútbol en 2007, Pablo Hernán Lavallén se dedicó a atender un kiosco. En aquel entonces, el actual director técnico, que por ahora se encuentra sin equipo, buscaba tener un motivo por el cual levantarse a la mañana, una responsabilidad en la que pensar. El lunes siguiente al fin de semana en que vistió por última vez la camiseta de Platense como jugador profesional, comenzó a trabajar en el negocio que había ideado junto a su padre para evitar sentir el vacío que provoca el retiro del fútbol. Esa fue su vida durante un año.

“Dejar de ser futbolista es muy difícil. Mi carrera duró 16 años, pero desde que empecé a jugar y a competir, a los seis, fue siempre la misma rutina. Días de entrenamiento, de concentración, de partido y de descanso. Cuando eso se corta es muy complicado saber qué hacer con el tiempo y no caer en lo que les pasa a muchos que es la depresión y sentir que ya no tiene sentido la vida. Tenés 35 o 40 años y el fútbol sigue, pero ya te bajaste del tren”, reflexiona Lavallén, desde su casa y por videollamada.

Un resumen frío de su trayectoria podría ser el siguiente: como jugador se formó y debutó en River en 1990, con el que ganó los Apertura 1991, 1993 y 1994 y la Copa Libertadores 1996. En la Argentina, además de Platense, también jugó en Huracán de Parque Patricios y su homónimo de Tres Arroyos. En el exterior solo lo hizo en México, primero defendiendo los colores de Atlas y luego en Veracruz y en los extintos Real San Luis y Coyotes de Sonora.

En 2016 comenzó como entrenador de primera división en San Martín. Más tarde siguió por Atlético Tucumán, Belgrano de Córdoba y Colón de Santa Fe, al que condujo a disputar la primera final internacional de su historia al ser subcampeón de la Copa Sudamericana 2019. Pero estos datos son apenas un atisbo que no alcanzan para comprender quién es Lavallén porque, como él mismo repetirá varias veces a lo largo de 50 minutos de charla, “el ser humano es mucho más complejo que las cosas que posee o consigue”.

A pesar de haber planificado su vida luego del fútbol, no esquivó lo que también le sucede a varios de sus colegas: caer en depresión. A él le tocó en 2003, aún en actividad, cuando arribó a México por segunda vez. Hoy, mucho tiempo después de superar esa etapa, abre las puertas de su intimidad y cuenta lo vivido en diálogo con TyCSports.com. “Mientras jugaba en San Luis Potosí me di cuenta que ese camino que había soñado de chico se empezaba a dar. Desde muy pequeño imaginé que en ese momento estaría pleno y feliz, pero descubrí que, más allá de haber logrado un montón de cosas a nivel familiar y laboral, no estaba tan bien y tan completo como esperaba. Esa insatisfacción me despertó una angustia que fue aumentando. No entendía cómo podía ser que tuviera todo lo que anhelaba de chico y no lo disfrutara como soñé”, confiesa.

“A partir de ahí pensé un montón de cosas. Seguramente eso iba a desencadenar en dejar el fútbol o empezar a consumir algo que tape ese dolor. Fueron un par de meses y rápidamente pude salir, pero no sé hasta dónde podría haber seguido ese problema. No tenía ganas de levantarme para ir a entrenar a pesar de que estaba bien en mi carrera y era el capitán del equipo. Comencé a preguntarme para qué hacía eso, si valdría la pena”, continúa con su relato el entrenador de 48 años.

Lavallén gesticula con los brazos mientras revela una de las épocas más difíciles de su vida. “En ese entonces también sufría de lo que hoy se conoce como ataques de pánico, que en esos años creo que ni siquiera se sabía lo que era. En mi caso no podía dormir si las puertas no estaban cerradas con llaves y no soportaba estar a oscuras. De hecho, dormía con la puerta de mi habitación cerrada con llave y con la luz prendida. Me costó estar solo. Cuando tenés ataques de pánico te obsesionás con que te observan, con que alguien está escondido detrás de la pared o te va a salir de abajo de la cama, todo ese tipo de temores”, describe acerca de la etapa que la transitó solo, tras su paso por Huracán de Parque Patricios, porque su familia se quedó en Buenos Aires.

El exentrenador de Colón, que como jugador arrancó de volante central y después se reinventó como lateral izquierdo, logró superar aquel oscuro período gracias a la fe. “Antes era creyente, pero no iba a la iglesia. Hasta que encontré a un pastor evangélico que fue a mi casa, hablamos muchas horas. Le conté que le tenía miedo a la soledad y que cuando estaba en un lugar lleno de gente no quería hablar con nadie. Él me dijo que necesitaba de Dios. Al principio no entendía mucho, pero cuando se fue me di cuenta que había pasado un rato largo pensando en lo que hablamos y no había cerrado la puerta con llave ni había prendido las luces. Ahí entendí que estaba Dios y desde entonces a mi vínculo con él lo adopté como una forma de vida. No es una religión, que muchas veces pasa por la repetición y la estructura. Dios es mucho más que eso”, resalta. 

Para Lavallén, México resultó su tierra prometida. Allí alcanzó su plenitud como futbolista -fue ídolo y capitán de Atlas, donde jugó entre 1996 y 2001-, vivió el peor momento de su vida y, como él mismo aclara, también nació de nuevo. “Ese día me explotó la cabeza y hoy soy otra persona. Fue un momento muy duro que desencadenó en lo mejor que me pasó en la vida”, asegura.

Si bien él encontró en la fe una salida para la depresión, son muchos los futbolistas o exjugadores que no lo logran y, ante la falta de ayuda, algunos incluso llegan a tomar la decisión de suicidarse. A eso lo vivió de cerca en 2003 cuando el arquero Sergio Schulsmeiter, con quien había compartido plantel en Huracán, se suicidó en su departamento. En el último tiempo, uno de los casos más impactantes fue el de Julio César Toresani, que en 2019, ya retirado, se ahorcó en un hotel del predio de la Liga Santafesina de Fútbol. En 2015 la Federación Internacional de Futbolistas Profesionales (FIFPro) reveló un estudio en el que concluía que el 38 por ciento de los jugadores en actividad informaron síntomas de depresión y el 84 por ciento manifestó que no reciben apoyo durante su carrera para abordar esta problemática.

Por esa razón, Lavallén ahora no solo cuenta su experiencia, sino que también plantea, desde su óptica, cuáles son las razones. “En el fútbol no se habla de esto porque hay temor. Uno a veces tiene el prejuicio de ser rechazado si le cuenta a un compañero, un amigo, un familiar o un hincha que lo que hacés, la familia que formaste y el dinero que ganás, no te llena. Lo primero que te van a decir es que estás loco, si tenés la vida soñada. Me parece que se habla solo cuando ocurre una tragedia. Los futbolistas, o los que están retirados como en mi caso, deberían prever esto”, expone.

“El futbolista vive emociones que a veces lo hacen estar arriba y otras muy abajo. Si eso no lo lográs manejar, en algún momento podés tomar decisiones como la del Huevo, aunque se piense que nunca llegará a ese extremo alguien que logró lo que a cualquier argentino le gustaría hacer, que es jugar al fútbol en primera y ser relativamente conocido. Me encantaría que desde Agremiados haya algún tipo de ayuda profesional con psicólogos para este tipo de casos porque estoy seguro que debe haber muchos más de todos los que nos enteramos”, propone.