Nadie lo hubiese imaginado. Todo el mundo sólo pensaba en el final deportivo que tendría el Superclásico. Los nervios dominaban el ambiente. Más aún después de ese primer tiempo que dejó paridad. Con dominio estratégico de River Plate por sobre Boca Juniors pero con un 0-0 que daba para todo en el complemento. Pero de pronto se dio lo impensado. Un bochorno inimaginable. Alguien que tuvo la increíble idea de abrir vaya a saber con qué (hablan de un soldador) la manga y tirar gas pimienta al ventilador que la infla. Consecuencia: El gas pimienta expandido llegó a varios jugadores de River. La situación sobrepasó todo. Las cámaras de televisión mostraban a los jugadores visitantes desesperados. Con los ojos rojos. Con otras partes de su cuerpo quemadas. Matías Kranevitter y Leonardo Ponzio eran los más afectados. Pero también sufrían las consecuencias Ramiro Funes Mori, Piti Martínez y Sebastián Driussi. Todo era enojo. Lamentos. Discusiones. A todo esto, los jugadores de Boca, incrédulos, sólo atinaban a mirar. Algunos, como el caso de Osvaldo, se preocupaban en averiguar cómo estaban sus pares de River.
Y el tiempo pasaba y pasaba. La policía daba vueltas pensando en cómo se las arreglaría para garantizar la seguridad. Los dirigentes no paraban de hablar por sus celulares, pidiendo resolución, se entiende, a las máximas autoridades. Lo cierto es que el panorama no variaba. Una vergüenza sin límites.
El médico de River Plate, Pedro Hansing, aseguró que "hay futbolistas que están quemados y no pueden jugar". Los que estaban mal se internaron en el camarín y, como se seguía en las cámaras de televisión, trataban de calmarse, pero ya quedaba claro que no podían volver a jugar.
Efectivos de la Policía Federal labraron un acta en la Bombonera por la agresión que recibieron jugadores de River y secuestraron camisetas de los futbolistas más afectados. Según se informó, las casacas que se llevaron los agentes fueron las de Matías Kranevitter, Lionel Vangioni, Ramiro Funes Mori y Leonardo Ponzio, los más perjudicados.
Recién minutos después de haber pasado una hora de los incidentes en la manga, se oficializó la suspensión. El grueso de la gente, que por suerte se había ido calmando con el paso del tiempo, volvió a mostrar su fastidio con la suspensión. Pero lentamente empezaron a desalojar el estadio.
En el sector de plateas quedaron muchos. Unos cientos. Insultando. Haciendo señas.
Ya había pasado más de dos horas y ambos planteles seguían en la cancha. Fue por una orden de la Policía, pero la situación seguía siendo increíble.
Los de River amagaron a salir y llovieron proyectiles. Se volvieron y pactaron salir junto a los de Boca. Pero cuando se había formado el "túnel" de escudos de policías, el único que acompañó al plantel de River fue el técnico Arruabarrena. Los jugadores de Boca se quedaron mirando. Inclusive, luego a la voz de mando del arquero Orión, tuvieron la increíble acción de levantar los brazos saludando nada menos que a los hinchas. Aquellos que sólo pensaban en actos violentos. Lo hecho pinta por entero a Orión, un tipo alejado de las costumbres sanas y de compañerismo con sus pares.
Un bochorno. Una vergüenza. Cualquier calificativo que se pueda imaginar le cabe al final que tuvo el Superclásico de anoche. Ahora habrá que esperar qué determina la Conmebol, el organismo que regentea la competencia. Pero lo que pasó anoche se convirtió en un hecho histórico lamentable.

