Hace diez años, Jorge Pí encontró en el ciclismo una veta para canalizar sus expectativas deportivas. El bichito le picó porque a su padre, Jorge Osvaldo, le gustaba salir a rodar y disfrutaba hacerlo con el mayor de sus hijos varones.
Un buen día, el pibe empezó a competir como federado y los títulos en los certámenes juveniles y los trofeos comenzaron a adornar el living familiar.
A los dos títulos de contrarreloj individual logrados en San Juan 2004 y Neuquén 2005 le sucedieron los cuatro de Persecución por equipos. La convocatoria a la Selección Nacional no se hizo esperar y aparte de adquirir experiencia internacional, el joven pedalero encontró en una de esas concentraciones el amor. Carla Alvarez, una ciclista femenina bonaerense, le ganó su corazón y juntos comenzaron a transitar la aventura de la vida que tuvo en el nacimiento de Priscilla su punto más alto de inflexión.
Hubo en la campaña de Jorge Pí altibajos pronunciados. El pedalero que a mediados de la primera década del nuevo siglo era una de las más firmes promesas del ciclismo sanjuanino, debió superar en 2007 y parte de 2008 un momento de incertidumbre. No encontraba su nivel, no terminaba de afianzarse.
A fines de la temporada 2008/09 con su victoria en el circuito Albardón, comenzó paulatinamente a recuperarse y durante la temporada pasada (2009/10) demostró en varias competencias que volvía a ser un ciclista confiable. De esos que pueden asumir responsabilidades como la de ayer.
Por eso esas lágrimas mezcladas con su amplia y franca sonrisa que es su mejor carta de presentación.

