Al momento lo esperaban todos. Los que estaban en la cancha, especialmente, porque querían que su postura sea pública. Los que estaban detrás de la tele también, porque había sido el affaire de toda la semana. Igualmente Maradona, porque había adoptado una postura que invitaba a la pulseada. Y él -por Juan Román Riquelme- porque afirmaría su también postura rebelde para hacerle frente a lo que había considerado una actitud fuera del cajón de los códigos del ahora mandamás del seleccionado argentino.
Y Román, parco como es su modo de ser, cuando entró a la cancha con su equipo tomó la ovación que cayó de las tribunas de La Bombonera como una total muestra de amor incondicional. Caminó levantando los brazos y saludó entregándose como un pichón nervioso a los gritos de aliento. Intimamente sabía que era dueño de la llave del corazón. Porque la gente de Boca, que también profesa reverencia al ídolo máximo del fútbol argentino hoy convertido en DT, se había volcado a sus convicciones. Adoptaba una postura concreta. Era eco del enojo del jugador que le ha echo -y seguramente le seguirá haciendo- vivir momentos inolvidables.
No hubo insultos ni carteles agraviantes a Diego que, vaya paradoja, ayer no estuvo en su palco como otras tantas tardes. Sí escritos -y cantos- que la hinchada de Boca necesitaba hacer públicos. Es que seguramente a Román -y también a Maradona- le deben importar más todo lo que diga su gente que lo que pueda hacer el resto de los colores del fútbol argentino.
Y ayer el corazón boquense dio su veredicto. Apoyó a su niño mimado. Y él -por Román- lo entendió, lo gozó íntimamente y devolvió con la gratitud de revolear su camiseta a la tribuna de sus amores.
Las decisiones están tomadas. Los corazones se volcaron para un lado. La historia dirá porqué se llegó a esas sensaciones.
Por Walter Cavalli
Editor de Deportes
