A los restaurantes casi atestados, a la Plaza 25 de Mayo tomada, a las calles teñidas y al Estadio del Bicentenario convertido en una estampa tricolor le faltaba sólo la cereza de la torta para imponer tanta presencia chilena en San Juan. Y la cereza, claro, fue roja: de la baranda del Campanil de la Catedral colgaba oronda una bandera de Chile, con la contundencia simbólica que eso implicaba en el mayor ícono urbano local. Luego de que el sábado la nieve cordillerana hubiera enfriado la Marea Roja por el cierre del túnel en Mendoza, la restitución del paso ayer por la mañana permitió que llegaran los chilenos que habían estado varados. Y que la ciudad se pusiera, como sucedió el pasado 4 de julio, primer día de Copa América en la provincia, al rojo vivo.
Si bien no hay aún cifras oficiales, la sensación general era que ayer hubo menos chilenos que para el partido anterior. Pero igual, el clásico "¡Chi-chi-chi… le-le-le!" estallaba en la fuente de la Plaza 25 y se abría paso como un tsunami por las calles del centro. Alrededor de la plaza había 7 colectivos estacionados, todos transportes de grupos trasandinos. En los bancos de madera, acariciados por el Sol sanjuanino, las hinchas de la Furia se pintaban con maquillaje la bandera chilena en las mejillas. Y detrás de ellas, sus compañeros agitaban banderas y se acomodaban los sombreros tricolores.
Hubo de todo en el centro, desde los autos último modelo embanderados hasta los que contaban las monedas para el sánguche. Como un grupo de jóvenes que daba su recital de murga junto a la fuente de la plaza, con una bandera chilena extendida a sus pies, donde la gente les dejaba algo de plata: habían venido a dedo de Mendoza y no tenían ni para comer. "No importa, también nos vamos a ir a dedo a Buenos Aires a ver la semifinal de Chile", decía uno de ellos, algunas horas antes de que el partido en Pocito le derribara la ilusión con dos disparos.
Cerca de las 15 la plaza ya era un hervidero de hinchas y puestitos de merchandising trasandino. Y dos horas antes de que comenzara el partido, la mano Oeste de la ruta 40, desde el Acceso Sur hasta la calle 7, era una caravana apretada bajo una lluvia de bocinazos y vuvuzelas, que no imaginaba aún que al último grito lo tendría Venezuela.

