La lluvia le impidió a Diego Armando Maradona ver el momento exacto que la pelota cruzó la línea. Pero cuando a duras penas divisó que la número cinco entró el arco, se soltó. El técnico de la selección nacional miró el cielo, no hace falta ser adivino para imaginarse que pensó en todo lo que sufrió en éstos últimos tiempos. Y voló. No por el aire cuando le pegaban en sus épocas de jugador. Voló de panza, esa que ahora es menos prominente desde su paso por un spa de Italia, al verde césped del Monumental. Ese que criticó con dureza hace unos meses y que provocó el traslado a Rosario. Esta vez no pareció un pisadero, aunque si una pileta. Chapoteó con su cuerpo horizontal y se frenó por la inercia. Se paró. Y otra vez, como cualquier niño pidiendo otra vuelta en la calesita, repitió la acción un par de veces más. Si hasta amagó con pegarle un abrazo al juez de línea que tenía al lado del banco y que en el primer tiempo fustigó ante un off side cobrado. Era el paso del ocaso al éxito. Del silencio atroz al delirio. Como pasó hace 23 años en el estadio Azteca ante Inglaterra, otra vez el Pelusa tuvo algo de cósmico. Esta vez no fue un barrilete como lo tituló Víctor Hugo Morales, si no una palomita.

El único momento que el técnico estuvo sentado en el banco fue apenas pisó el Monumental. Tocó el asiento cinco estrellas del banco y se paró, incluso en la previa del encuentro entre los himnos de cada país. "Vení, Vení", le ordenó a Heinze y le indicó algo apuntando a la fila india de los peruanos. Se contagió con el frenesí de la gente cuando se cantó \’el que no salta es un inglés\’. Por fanatismo o para aflojar tensiones, cinco saltitos suyos fueron la coreografía. Con el pitazo de Ortubé, se pegó al borde de la cancha. Jonás Gutiérrez, uno de sus preferidos, fue el foco de las indicaciones, sobre todo teniendo en cuenta que el ex Vélez ocupaba una posición poco habitual en él. Sus oídos sintieron el regalo del primer "Diego, Diego" pasados los cinco minutos. Se quejó contra el primer línea y alentó a Pérez, cuando bajó su rendimiento.

Al entretiempo se fue con el gesto adusto y preocupado. Por enésima vez besó el rosario que llevó durante todo el juego en su mano derecha. Mandó a Palermo a la cancha y esperó que todo funcionara por sí solo. Algo que no ocurrió y por eso sufrió.

Bastante. El gol de Perú lo congeló. Se mordió los labios para no insultar a la nada. Era Devoto. Hasta que como dice Maradona, el Barba se dio una vuelta por Núñez. Palermo lo salvó y para el Diez no hubo artrosis en la rodilla izquierda que impidiera su palomita. Esa que hizo en Núñez, pero que es cósmica.