Claro, enfrente estuvo un Mozambique superior a Suiza e Inglaterra. Que desnudó ciertos desacoples defensivos en el equipo de Darío Giuliani y que aprovechó las ansias de ganar que mostró siempre la albiceleste. Está claro que en un Mundial lo fundamental es afirmarse en la marca para no dejar que el rival muestre sus uñas. Y en esto es en lo que no anduvo bien el equipo argentino. Pensó siempre en lo que tenía que hacer en el arco de enfrente y no le dio la concentración necesaria al aparato defensivo para que Mozambique no lo lastime cuando lo atacó.
"Los Mundiales se ganan defendiendo bien", una frase que se siente a menudo en estas citas. Y la repiten los que saben. Los que conocen los secretos de la mínima diferencia que suele darse en las definiciones. Sea donde sea el Mundial. En casa o afuera. Un equipo bien afirmado para defender es difícil de vencer. O al menos los rivales se preocuparán a medida que pasan los minutos y no pueden convertir.
¿Qué pasó ayer ante el seleccionado de Mozambique? ¿La Selección argentina se confió? ¿Se relajó? Es imposible que este grupo se haya confiado. Tampoco relajado. Porque los jugadores son consientes que para ganar un Mundial hay que ganarles a todos. Y ningún partido es fácil. Todos tienen sus complicaciones.
Lo más seguro es que las ansias por ganar antes de jugar les haya pasado factura a éstos muchachos. Encima se durmieron en el inicio y Mozambique, ni lerdo ni perezoso, los acomodó. Les metió dos goles en 15 segundos. Todo esto antes de que se cumplieran los 5 minutos. Y eso hizo que el nivel de nervios subiera a más no poder. La preocupación los dominó. O mejor dicho, el golpe los sorprendió. Nadie se lo esperaba. Nadie imaginaba que tan rápido, el rival se podía poner arriba y encima, con esa diferencia.
Después aparecieron los goleadores, los que tenían que aparecer cuando el seleccionado los necesitaba. Carlos Nicolía y Lucas Ordoñez, y el partido tomó los "carriles normales". La Argentina, de estar dos goles abajo, pasó al frente por otros dos. Y ahí de nuevo se fueron al frente sin medir las consecuencias. Porque Mozambique descontó cuando sólo quedaban segundos para el final de la primera etapa. Imperdonable para los argentinos. Porque tendrían que haber cuidado la bocha ese último minuto para irse al descanso con dos goles arriba. Algo que habría prácticamente acabado con las chances rivales. Pasó al contrario. Les dieron vida a los africanos.
En el complemento, Mozambique se vino, igualó, pero de nuevo otro empujón de calidad de los albicelestes los llevó a marcar un nuevo desnivel. Y creó muchas oportunidades para que el tablero fuera más generoso.
Ya estaban jugando como suelen hacerlo, pero terminaron angustiados porque el rival se les vino encima en el último minuto.
¿Hacía falta eso? De ninguna manera. Lo que le faltó al equipo argentino fue concentración al principio y bajar los decibeles en cuanto a las ansias por ganar después. Al final, ayer le salió bien. Porque ganó. Pero no puede ni debe- repetir una actuación parecida. Porque lo que se viene será aún más peligroso todavía. Y tal vez aquella capacidad para dar vuelta la historia decaiga por propio peso de las acciones de otro partido y porque el rival de turno puede que no perdone errores.

