"’Son, aproximadamente, 160 kilómetros”, confió el presidente del Alvear, Milton Aguilar, cuando entregó las carpetas de la carrera con el croquis del trayecto y sin un dato fundamental, la distancia. ¿Cuánto puede salir -en nafta, gas oil o GNC- corrobar el recorrido? ¿No merece, por historia y tradición, la Doble Difunta Correa contar con la mayor exactitud en la información que se otorga a los medios y los equipos?

No fue un detalle menor. Fue el detalle que manchó una competencia que en lo deportivo y en lo referente a la seguridad no tuvo fisuras.

"’¿Cuánto falta?”, le preguntó Alfredo Lucero al comisario auxiliar Mauricio Fernández. Y al recibir la respuesta de que quedaban 35 kilómetros, se sorprendió. "’Cuando me inscribí me dijeron 160 kilómetros”, contestó quien a los 150 kilómetros de carrera comenzó a sentir el esfuerzo de haber andado tanto tiempo solo y a escaso medio kilómetro de la meta vio como se esfumaban sus chances de ganar la competencia.

Pero, carreras son carreras y el deporte se nutre de estas historias que se magnifican al pasar el tiempo. Como ocurre cuando un boxeador es despojado de una victoria. En este caso Flores ganó en buena ley y nadie puede objetar su triunfo, logrado con total autoridad por haber sido el más fuerte sobre el cierre.

Lo que no debe pasarse por alto son estas improvisaciones que atentan contra el brillo del espectáculo.