Uno ya es grande y está bastante cascoteado por las decepciones deportivas. Al fin de cuentas, en el deporte las tristezas superan largamente en número a las alegrías, pero aún sabiendo que la selección de fútbol no había podido en las eliminatorias rendir como un equipo homogéneo, el andar de los primeros partidos del Mundial, la identificación por la camiseta albiceleste que transmitió Maradona y nuestro propio sentido triunfalista hicieron que nos ilusionaramos. Tal vez en demasía, pero quien no pensaba que teniendo al mejor jugador del mundo -considerado por sus propios compañeros, hoy campeones mundiales con España- y las ganas, alcanzaba para soñar.
Alemania y las impericias propias nos reventaron el globo. Por eso ante la tristeza de ver otra final sin la casaca albiceleste, valió la pena madrugar el domingo para ver como en Moscú, un grupo de jóvenes liderados por David Nalbandian conseguían una victoria que nos permite a los argentinos ilusionarnos con ganar la Copa Davis. Al fin de cuentas, el Mundial del deporte blanco.
Ese triunfo sirvió como panacea (del griego panákeia "planta imaginaria a la cual se atribuía la virtud de curar todos los males") para sobrellevar la tristeza de ver otra final de un Mundial de Fútbol sin la pasión que despierta la celeste y blanca.
Lo del tenis vale (ahora todos usaremos términos españoles, al fin de cuentas ellos son los dueños de la pelota) para dimensionar en toda su magnitud la figura de David Nalbandian, un luchador que heredó de Guillermo Vilas la contagiosa actitud que permite derribar montañas y Argentina, aunque sea en un pequeño rincón de los diarios tendrá su espacio, que hablará de la hazaña de vencer al poderoso equipo ruso, rompiendo un invicto de 15 años como local.
Sé que a usted, tan futbolero como yo, no lo consuela del todo, pero alcanza para curar un poco el orgullo herido y, ¿por qué no? pensar en que podríamos emular a España que ganó su primer Mundial de Fútbol, ganando la Davis por primera vez en la historia.
