El fútbol corre por las venas y llena la mayoría de los momentos de los argentinos, quienes alguna vez en su vida patearon una pelota de cuero.
El hockey sobre patines que hizo famoso mundialmente a San Juan provocó que aún sin patines muchos chicos improvisaran stick con palos de madera y jugaran su partido en las veredas con pelotitas de tenis imitando bochines.
En síntesis: La pelota. Su embrujo, volvió ayer a darle otra alegría a un país que disfruta sus victorias deportivas trascendiendo fronteras sociológicas. El cordobés Angel Cabrera ganó el Master de Augusta, que es como decir el Tour de Francia en ciclismo o el Campeonato Mundial en fútbol. Y lo hizo dirigiendo magistralmente con su palo de golf una pelota blanca, chiquita y dura que se dejó seducir ante la actitud ganadora del "Pato" de Villa Allende.
Será por esa necesidad imperiosa de disfrutar alegrías entre tantas pálidas. Será por ese afanoso sentir argentino. Será por tantas cosas, inexplicables desde lo cotidiano que ayer en la redacción un grupo de hombres fanáticos del fútbol y del hockey, se metieron de lleno en el televisor para ver la definición en la que Cabrera logró su segundo torneo denominado "Major" (el anterior había sido el Abierto de los Estados Unidos, jugado en Oakmont) y se convirtió en el primer golfista argentino y, también, latinoamericano en ponerse la chaqueta verde (en términos nuestros, el blazer) que identifica al campeón de tan importante certamen.
Ese amor que sentimos los argentinos por la pelota provocó que la situación se repitiera en muchos hogares, gracias a la televisación en directo muchos terminamos festejando el triunfo de un hombre que como decía Almafuerte "no se dio por vencido ni aún vencido". Cabrera no perdió la sonrisa ni aún cuando en el desempate la pelota quedó escondida entre los árboles. Esa convicción. Su actitud. La determinación que transmitió, enaltecieron su victoria.
