La Holanda menos holandesa. La naranja mecánica más dura. La que buscó parar a España en base a infracciones, se estrelló en tiempo suplementario y dejó escapar su tercera final de un Mundial.

Es que Holanda renunció a sus principios en el partido más importante de los últimos tiempos. Ni fue el equipo técnico de otras veces, ni le disputó a España la pelota, ni propuso toque y profundidad. Fue un equipo vulgar. Una mala réplica del juego de contención que tuvo que apoyarse en la dureza para detener a España, que no sólo le robó el partido, la pelota y el título, sino que también le quitó la identidad.

Holanda salió con un planteamiento defensivo, dos hombres de contención delante de la defensa de cuatro. Le dejó la pelota a España y lo pagó caro. Corrió y corrió detrás del esférico, penó para tenerlo y tuvo que resignarse a la dureza, una imagen poco común en sus equipos.

En Alemania 1974 perdió la final ante el local. Cuatro años después le pasó lo mismo ante Argentina. En ambos casos, Holanda fue fiel a sus valores. Ayer, en Sudáfrica y contra España, cayó en una mala copia de un equipo gigante.