Los números no mienten, César Cuenca, el flamante campeón superligero de la Federación Internacional de Boxeo (FIB) está invicto en 49 peleas, con 47 victorias y 2 sin decisión. El tema es que sólo dos de sus triunfos fueron por la vía rápida. Esa estadística es la que ‘condenó’ al púgil, de 34 años, nacido en Tres Isletas, Chaco, a tener que esperar con paciencia oriental que alguno de los entes que rigen al boxeo mundial se acordara de él. Porque su estilo de boxeo atildado, afirmado en dos piernas prodigiosas para entrar y salir de la distancia como un fantasma, aunque efectivo porque se complementa con una depurada técnica que le permite golpear con asiduidad a sus rivales, no tiene la espectacularidad del nocaut.

El mismo presidente de la Organización Mundial de Boxeo, el portorriqueño Francisco Valcarcel, no tuvo vergüenza en decirlo por las pantallas de Boxeo de Primera hace un tiempo: “Las cadenas de TV no lo quieren y no podemos hacer nada. Ellos mandan. Que pelee en Estados Unidos y luego veremos”. Desconoció públicamente al boxeador que se había ganado el derecho a ser retador oficial de la corona de las 140 libras (63,5 kgs) arriba del ring, derrotando, el 20 de marzo de 2009 al boricua Alex De Jesús en fallo unánime por una eliminatoria de la OMB en Caseros, Buenos Aires,

Resumiendo. En las peleas que Cuenca ganó con total amplitud de puntos no hubo sangre. El chaqueño es propietario de un estilo que “no vende”. Para el negocio sirven más los boxeadores toscos, hasta rudimentarios, pero con pegada, como Marcos “Chino” Maidana, que curiosamente salvó su carrera y aseguró su futuro económico luego de pelear dos veces con un púgil que no se caracteriza por ser un noqueador explosivo, como Floyd Mayweather. Claro que hay una sutil, pero gran, diferencia entre “Money” Mayweather y el “Distinto” Cuenca. Uno nació en Michigan, Estados Unidos y el otro en el monte chaqueño.

El norteamericano, que rehuye al combate franco y es abucheado por su mismo público, es producto del país considerado La Meca del boxeo. El argentino, que gana por puntos, pero que siempre asume el control de los combates y castiga bastante a sus adversarios (el rostro del chino Ik Yang su vencido en la pelea del sábado es prueba fehaciente de ello) creció y se forjó en una Nación que tiene escaso peso en el concierto mundial.

El hacha, herramienta que utilizó hasta las 13 años para ayudar a su padre a ganarse el pan no fortaleció a sus brazos de fuerza para adquirir contundencia en su pegada. Pero si, tantos años de sufrimiento en el campo, forjaron una voluntad de acero que le permitió superar la discriminación deportiva sufrida. Apunto sus cañones a otra entidad (la FIB), hizo el camino largo, ganó otra eliminatoria, también en Caseros, ante el ghanés Albert Mensah. Y, en la lejana Macao, logró, por sus propias manos, hacer justicia.