Su rostro mostró el ánimo que tuvo en el partido. Entró casi con una sonrisa fingida. Como queriendo demostrar seguridad y aplomo propia de cualquier capitán. Pero, seguro, que dentro de él pasaba toda la procesión del debut. Y eso no es poco. Más tratándose de un Mundial y, por si fuera poco, en tierra brasileña. Ya en juego, en ese primer tiempo olvidable de la Selección argentina, pese a que entró ganando desde el camarín, se lo vio nervioso. Impreciso. Encarador pero varias veces errático. Sin un alma gemela que acompañase la fantasía propia de un crack. Y, en el complemento, cuando el juego argentino varió, para bien, y él encontró esos socios ideales para hacer de las suyas, disfrutó. Se lo vio sonreír cuando una jugada pensada no salió. Y se lo vio explotar, cuando a los 20 minutos encaró, después de una devolución de su "compadre’ Gonzalo Higuaín, dejó en el piso a dos rivales que terminaron chocándose y metió el sablazo inatajable a un rincón al que nunca llegan los arqueros.
Lionel Messi está. Y eso es lo que importa. Porque todas las responsabilidades que sobre él pesan, sólo él mismo las puede aguantar. Y, en un segundo, transformarlas en alegría pura. Porque cuando ese zurdazo mágico pegó en el palo y se murió dentro del arco bosnio, todos los corazones argentinos palpitaron a mil. Los puños se apretaron y las gargantas de pusieron rojas de tanto grito. Allá, en Brasil, y acá, en la Argentina, también. Y Messi lo entendió así. "Fue un alegría convertir ese gol. Fue una buena jugada y para mí es muy importante poder convertir en un Mundial…", dijo después del partido.
Y claro, el capitán sabe del mensaje del pueblo argentino. De sus necesidades. De sus angustias por volver a estar en la cúspide del fútbol mundial. Qué mejorar entonces que este hombre que sigue teniendo cara de pibe esté motivado. Porque, pasado este nervioso debut, ese gol que hizo le sirvió para sacarse la mufa que tenía en el máximo torneo. Cortó la racha de 623 minutos sin hacer goles en un Mundial. Desde aquel gol que le hizo a Serbia y Montenegro, en Alemania 2006, pasaron siete años, once meses y ocho días. Porque en Sudáfrica 2010 no pudo gritar uno.
Al final, ayer no salió una producción rutilante del equipo argentino. No fue la goleada por muchos anunciada. Pero fue victoria y eso no es poco. Al contrario, es un empujón más para hacer realidad el sueño de todos. Y el de Lio, que resumió: "Tuvimos la ansiedad lógica del debut. Pero lo importante es empezar ganando los tres puntos. En el segundo tiempo tuvimos más la pelota y encontramos los espacios. Jugamos mejor y ganamos bien".
¿Para qué más? Triunfo y a la bolsa. Con un golazo del ídolo incluido. Messi está. Allá vamos…

