Lo esperaron hasta último momento por su fatiga muscular. Incluso un día antes de la final había estado con fiebre. Pero esta era la revancha de su vida, la que no había podido concretar en 1997 y la que no se iba a perder por nada.
"Esto que estoy viviendo hoy (por ayer) es lo máximo. Lo mejor de mi carrera. Creo que más no se puede pedir", dijo el defensor de Unión, Roberto Ovejero, con la voz entrecortada de la emoción.
Ayer, cuando el equipo entró a la cancha, el defensor llevaba en sus manos la estatuilla de la virgen Medalla Milagrosa. "La llevo para que nos dé suerte. Y la verdad que fue mucha, porque esta felicidad que siento de haber concretado este sueño de ascender con Unión es impagable", señaló el defensor que, cuando convirtió el primer gol del partido, festejó sacandosé la camiseta, por lo que se ganó la tarjeta amarilla. Lo cómico de esto fue que sus compañeros cuando fueron a abrazarlo lo taparon para que se la pusiera y el árbitro Claudio Orellana no lo viera, pero cuando se la puso, estaba al revés. El dos lo tenía en el pecho, por lo que Orellana no dudó en mostrarle el acrílico.
"A este ascenso, el primero de mi vida y en el club del cuál soy hincha, se lo dedico a toda mi familia que me bancó mucho, en especial a mi esposa Marcela y a mis hijos Maximiliano y Gonzalo", comentó Roberto.

