Su corazón, ese que muchas veces latió a mil por hora bombeando sangre al magnífico físico que cuidadosamente preparaba como una máquina para que en el momento clave rindiera a pleno. El generoso corazón de Fernando Amador Giménez, se detuvo a las 4 de la madrugada de ayer, en hospital de Pilar, Buenos Aires, donde estaba circunstancialmente visitando a sus hijas Carolina y María Sol, con cuyas familias pasó las fiestas de Navidad y Año Nuevo.
Quien fuera triple campeón nacional del kilómetro, representante olímpico en los Juegos de Munich 1972, multicampeón sanjuanino, cuyano y doble campeón americano de ciclismo, se había trasladado a la Capital Federal para realizarse una serie de chequeos médicos y de paso cargar sus “bolsines” con el afecto de sus dos hijas.
Su hijo Fernando, comentó que estuvo a punto de venir para Navidad, pero decidió quedarse porque tenía turno con el cardiólogo para el miércoles porque “iban a colocarle un marcapasos”. “En los últimos tiempos no se sentía bien y fue a hacerse un chequeo general, en el que los médicos notaron que su corazón no funcionaba en plenitud”, explicó quien heredó la pasión por el ciclismo de su padre.
Después de compartir con sus familiares una linda jornada de sol y pileta, Amador se retiró a ver televisión. Aproximadamente a las 23, del viernes quienes lo acompañaban notaron que no estaba bien y lo trasladaron al nosocomio de Pilar, donde trataron de rehabilitarlo. Según contó Fernando, a su padre le dio otro infarto a las 2 y finalmente a las 4, dejó de existir.
Con Fernando Amador Giménez se va una parte grande de la historia del ciclismo sanjuanino. Fue un deportista excepcional y un hombre comprometido con su provincia y la vida.

