Es un hecho histórico que River Plate, el campeón del Siglo XX en la Argentina, tenga que jugar la Promoción ante Belgrano de Córdoba para revalidar su lugar en la Primera División del fútbol argentino.

Desde 1983, el descenso en Argentina se realiza con el promedio de resultados cosechados en las últimas tres temporadas. Dos años antes -en 1981- San Lorenzo de Almagro perdió la categoría, por lo que se pensó en diseñar un complejo sistema en el que el descenso y la promoción estuvieran marcados por los logros obtenidos en las últimas tres campañas. Los grandes, sin dudarlo, apoyaron su aplicación, porque los favorecía. ¿Quién iba a imaginar que tuvieran tres años de vacas flacas?

Pero el fútbol, el bendito fútbol, tiene estas cosas. Casi tres décadas después, River Plate puede ser víctima de sus propias decisiones. El olvidable torneo Clausura del 2008 cuando sumó sólo 14 unidades, dirigido por Diego Simeone, cimentó un rosario de errores en la elección de técnicos y compra de jugadores que llevó a los "Millonarios" a este pálido presente.

Aparte del miedo escénico por no haber vivido nunca una situación similar, flaco favor le hicieron a esta endeble realidad, el Beto Alonso culpando en cuanto micrófono encontró a Daniel Passarella y los integrantes del bloque oficialista de la comisión directiva proponiendo al actual presidente como técnico para los dos encuentros con los cordobeses.

Atrás, muy lejos, parecen haber quedado los tiempos de bonanza. Acá, muy cerca, duele la etapa de crisis dirigencial que derivó en este tsunami futbolístico que superará solamente con cabezas frías.

Aquello de "salvese quien pueda" en el que todos hablan como "chicas" de cabaret, no lo ayudará en nada. El equipo, de por sí muy deprimido, necesita que lo apuntalen con el silencio y la seriedad como gestos de grandeza.