A quienes nos gusta el deporte, no nos importa el tamaño de la pelota, ni su forma, que puede ser oval, o si se le pega con el pie o con algún elemento extraño al cuerpo, como pueden ser un stick o una raqueta. Importa ver el partido. Esta costumbre tan típica de los argentinos ha sido motivo de reyertas conyugales en muchos hogares.

Como buenos argentinos, encontramos en la alegría de la victoria deportiva un motivo para evadirnos de los temas que nos agobian durante la semana. Por eso todos fuimos de Estudiantes cuando ganó la Copa Libertadores en Brasil, hace unos días. Y todos empujábamos la derecha de Monzón cuando hace treinta años ponía a nuestro boxeo en la cúspide del mundo.

De un tiempo a esta parte por la bendita revolución tecnológica que nos permite ver una carrera de motos a las 7 de la mañana o un partido de vóley a las 2 de la madrugada, el tenis -por los buenos representantes que ha tenido gracias al influjo de Guillermo Vilas- nos atrapó en muchos de nuestros momentos libres de fin de semana.

Y, también el tenis, por cantidad de partidos y torneos, es el deporte que nos permite ver en mayores ocasiones a jugadores nacidos en esta tierra. Personalmente soy de aquellos que sufrió cuando veía cómo Gaudio dejaba escapar partidos que, uno desde la comodidad del sillón preferido, suponía sencillos. Muchas veces dijimos: "No le ganaron, lo perdió él".

Ahora bien, si antes sufríamos con los servicios irregulares, ahora, con Del Potro nos sentimos identificados. ¡Por fin apareció un jugador que puede ganar con sus bombazos de saque! Ayer ganó a palazo limpio ante otro tirador como Roddick. En el boxeo se dice que quien tiene golpe de nocaut, cuenta con la mitad del trabajo hecho. Delpo demostró que con su saque, puede liquidar a cualquiera.