Iban 24 minutos, Argentina intentaba más de lo que concretaba. El vértigo había ganado la cabeza de los jugadores más preocupados por convertir, antes, el segundo que el primer gol y en esa vorágine de un ida y vuelta con más ganas que ideas, se produjo la baja del Kun Agüero. Ausencia obligada que lastimó en lo futbolístico, primero, por todo lo que significa el goleador del Manchester City de Inglaterra, especialmente en la mentalidad del adversario que debe enfrentarlo. Y, segundo, en lo anímico, porque el conjunto perdió a uno de sus referentes máximos.
Ingresó Carlos Tevez, un jugador de aquellos de los que no puede decirse que no tenga personalidad. Pero claro, es notable que a Carlitos le cuesta mucho sentirse parte de un equipo al que durante mucho tiempo lo vio sentado desde el living de su casa, un año en Manchester y el último en Turín.
El cambio de hombres no influyó en el aspecto futbolístico porque faltó un caudillo. Aunque varios sacaron a relucir sus credenciales, como Di María, no pudieron llegar a adquirir la estatura necesaria para generar algo de miedo en un adversario que llegó cauteloso. Que fue fiel a un orden táctico y que a medida que pasaban los minutos fue ganando en confianza y después perdió todo el respeto que tenía ante una Argentina confundida en sus propias indecisiones mentales e imprecisiones futbolísticas.
Aún cuando Messi es una variante más goleadora que el “10” clásico, sólo con su presencia es una carta ganadora del conjunto albiceleste que ayer se pareció poco y nada a un equipo.
Agüero no estará en el partido del martes contra Paraguay y es casi un hecho, al igual que Messi, que se pierda los encuentros de noviembre ante Brasil y Colombia. Lo suyo sería un desgarro fascicular (el músculo sufre una lesión de varias fibras cortadas transversalmente) lo que demanda una recuperación, mínima, de un mes. La “10” se quedó sin dueño.

