Otra vez Higuaín desperdiciando un gol hecho, otra vez los penales, otra vez las lesiones. Otra decepción. Otra derrota, otro subcampeonato. Una caída que no tiene dueños pero que para este grupo, para esta selección que en tres años llegó a tres finales y las perdió, las ventajas que se dan, siempre se pagan. Cuestan y duelen. Poniéndole nombre y apellido, uno de los primeros párrafos debe tener dueño en Gonzalo Higuaín. Un delantero que en Italia se cansó de hacer goles y que en los últimos tres partidos más trascendentales de la historia del fútbol de Argentina contemporánea, erró tres goles increíbles: ante Alemania en la final del Mundial 2014, en Santiago de Chile cuando Lavezzi lo dejó solito y le erró al arco y ahora en Estados Unidos y contra el mismo Chile al que le perdonó la vida hace menos de un año atrás. Esa primera ventaja, tuvo su costo. Es que Argentina lo hubiera empezado a definir cuando era más futbolísticamente pero terminó perdonándole la vida y tendría un alto costo posterior.

En el segundo párrafo de este juego de dar ventajas cuando no se puede ni se debe, hay que ponerle nombre y apellido en Gerardo Martino. Es que el seleccionador nacional se dio el lujo de llevar jugadores lesionados, de quedarse sin banco cuando más lo precisaba y de no tener más opciones para cambiar una historia que pudo ser suya. El Tata tendrá que explicar la larga gira turística de Javier Pastore al que se encaprichó en tener en la selección cuando antes de partir de Argentina ya estaba lesionado y sin chances de poder recuperarse completamente. Después, se autocondicionó con las lesiones de Biglia, de Gaitán y la de Augusto Fernández. Sin contar el caso Angel Di María al que otra vez lo perdió en el momento más sustancial del campeonato y que lo puso en una sola pierna en la final, sabiendo que esa ventaja no se puede dar.

En el tercer párrafo, en este repaso de las ventajas que suicidaron a Argentina está el desastre institucional en que la AFA navega. El caos, la anarquía, la desolación que hoy gobierna la sede de Viamonte, en Capital Federal, repercute, pega, lastima. En esta tan trillada frase que los futboleros manejan de que para llegar al éxito hacen falta las tres patas, en este Argentina subcampeón de América nuevamente, falló una y fue clave: la de los dirigentes. Había plantel, había cuerpo técnico pero la cabeza dirigencial no estuvo a la altura de lo que exigía la ambición de ser campeón del continente después de 23 años. Un detalle simple puede que sirva para marcar diferencias y es que en la previa a la finalísima, Chile tuvo vuelo charter para trasladarse a Nueva York mientras que Argentina se bancó dos horas de espera en un aeropuerto, motivando la reacción de un desconocido Messi que por fin levantó la voz. Papelón por papelón, lo de Luis Segura viniéndose antes a Buenos Aires pinta de cuerpo entero que esa fue otra de las ventajas que Argentina dio para quedarse otra vez con las manos vacías.