Maldición I: veinticuatro años sin llegar a las semifinales de un Mundial. Maldición II: tres partidos y medio del "Pipita" Higuaín en este Mundial sin poder hacer un gol. Y ayer, en la moderna y extraña Brasilia, todo eso terminó. La "brujería", si se quiere, se fue a la tumba. Le dio espacio a la realidad. A la feliz realidad. Dos golpes frontales que dejaron nocaut a la maldición. La Selección argentina de fútbol ganó su partido de Cuartos de final y se instaló en una de las semifinales después de esos 24 abriles que nunca más volverán (esperemos). Y fue el "Pipita" el autor del único gol del partido frente a Bélgica. ¿Cómo no vamos a estar contentos los argentinos? ¿Cómo no vamos a permitirnos soñar con jugar la final ante quien sea y gritar de felicidad con una victoria?
Así estamos hoy. Felices. Esperanzados. Juntos, aunque sea por un ratito y por sólo este motivo futbolero, porque para que coincidamos en los órdenes de la vida falta una eternidad. Igual no importan hoy las desigualdades, las desinteligencias, los desacuerdos, los enfrentamientos. Sólo importa que este grupo de jugadores que nos representan, guiados por un ídolo indiscutido como la "Pulga" Messi, nos siga mostrando el camino soñado.
Ayer, una vez terminado el partido con los belgas y consumada la victoria albiceleste, había que ver las caras de todos. Aquí en San Juan. Seguro, igual que en todos los rincones de nuestro país. Festejaban. Gritaban. Hasta lloraban. Era un alarido de felicidad. No importaba otra cosa. Ni los fondos buitres, ni el juicio a Amado Boudou, ni que la suma de sueldo/aguinaldo alcance para cristalizar algunos objetivos, ni que hace frío, ni siquiera que los chicos empiezan las vacaciones. Esa química efervescente es la que puede dar el fútbol. 24 años pasaron. Si hasta parecieran nada.
Todo eso es lo que logró este grupo, ayer hecho carne en la sagacidad y oportunismo de un goleador de raza como el "Pipita" Higuaín. El mismo que llegó con la chapa de artillero infalible a este Mundial y que, con los partidos, fue perdiendo la credibilidad de muchos (por suerte, no del técnico Sabella). El "9" tuvo una de tantas y en ésta no perdonó. La agarró de una y la mandó al fondo. Y salió gritando desaforado. Señalándose él mismo con el dedo índice derecho. Como diciendo "Aquí estoy. Ese soy yo. El que hizo el gol…" Y qué más le vamos a pedir. Si él estuvo en el lugar y momento indicados.
Falta todavía. Pero la Argentina está en las semifinales. El miércoles será contra Holanda. Con ese equipo que goleó a España, que le ganó bien al entonado Chile, pero que ayer sufrió a más no poder para dejar en el camino, por los penales, a Costa Rica. Será otra batalla pero ya no hay manera de quitarles la ilusión a los argentinos. A todos. Por acá no hay distinciones de ningún tipo. Chau maldiciones, bienvenida esperanza…

