Que vuelva o no, ya no depende de la gente. Pero si fuera por la respuesta de los sanjuaninos para capear sol, tierra y desierto a costa del Rally, el Dakar no se iría más. Es que después de las postales que entregó el paso de las dos etapas por San Juan, es fácil concluir en que los sanjuaninos no hicieron otra cosa que firmar el certificado de adopción del Dakar, nada más ni nada menos. Pedernal, La Flecha, Puente Blanco, Ullum, Matagusanos, El Salado, Angaco, El Encón fueron la certificación de adopción para un espectáculo mundial que encontró tierra fértil en este desierto. Y, como dicen, a las pruebas hay que remitirse.
Jueves, enero de vacaciones para algunos y para otros de puro trabajo. Empezar viendo la cuesta del Villicum convertida una una inmensa playa de estacionamiento, conmovía. Era tener cara a cara a la pasión de los sanjuaninos por el Dakar, sentir que lo tenían adoptado y que si en el ingreso del rally, el acompañamiento había sido masivo, la despedida tenía que ser mejor aún en calidad y en cantidad. Entonces, extrañarse con ver al viejo camino a Mogna repleto, con ese verde uniforme de los cerros salpicado de colores de sombrillas, carpas y hieleras, confirmaba a los cuatro vientos que el Rally tenía espacio en San Juan, sin importar qué rincón toque, qué día de la semana sea ni a qué hora haya que levantarse para estar cara a cara por apenas 30 segundos, con suerte, con las grandes figuras de este circo sensacional. Ullum, en la partida, ya había entregado una postal parecida y ni hablar del recorrido de las máquinas previa al lugar del lanzamiento, donde el saludo fue constante.
En El Salado, lugar especial perdido en el mapa, rodeado de la nada, ver 5.000 autos estacionados, enterrados varios hasta los ejes en medio del desierto, no hacía más que confirmar que en cada kilómetro del Dakar, el sanjuanino quería estar. Con un calor infernal, sin agua casi, sin sombra menos aún, familias enteras se regocijaron con ver pasadas las 8 de la mañana a la primera moto, la de Marc Comá. Su entrada en el inicio del río seco para ir a buscar la curva en U con la yapa del salto, levantó los corazones y no hizo más que repetir una escena ya vista en cada uno de los puntos que tocó la carrera. El paso de los Patronelli casi en el aire, las piruetas del helicóptero de la filmación hicieron más corta la espera. La gente, quería a sus ídolos. Querían acelerador a fondo y cuando el mendocino Orly Terranova abrió el paso de los autos, explotó el cañadón del Salado. Es que ver a un argentino, a uno de los nuestros al frente, invitaba al aplauso, al griterío, a la euforia. Luego, en una escena electrizante, los Volkswagen, los BMW y los Mitsubishi de los que pelean la punta, estremecieron el río seco. A fondo, a muerte. Esperar era el verbo porque los Sisterna, los Héroes del Dakar para esta parte del planeta, aparecieron pasadas las 12,30 y ahí, si: todos hechos. Repletos de adrenalina, de orgullo sanjuanino y de rally. De mucho rally. Del mejor rally del mundo.
Los postres nunca pueden faltar y la temeridad sensacional con la que los camiones hacen este Dakar, entregaron a la tribuna natural del Salado lo que vinieron a buscar: espectacularidad. Entrando en el comienzo del río seco a fondo y acomodando esa mole de la mejor manera para entrar a la curva sin perder tiempo y salir escupiendo piedras para que la gente se rompa las manos y aplauda como diciendo: nos vemos el año próximo.
Y más tarde, el desbande. Bajarle los brazos al aguante. Empezar a buscar refugio en casa rápido, cosa que nunca sucederá porque la huellita del Salado nunca se la diseñó para 5.000 autos y menos para que salgan todos juntos. Entonces, si. Un poquito más de aguante. De sacrificio. De amor por el rally. Por este Dakar que en San Juan ya tiene certificado de adopción.

