Del derecho y del revés, de frente y de costado, desde La Quiaca hasta Ushuaia, y por amor al fútbol, simplemente, el retorno de Juan Román Riquelme supone una noticia luminosa.
Lo sería en cualquier época, siempre y cuando hubiera coincidencia en que los mejores entendedores del juego hacen a la quintaesencia misma del fútbol, que profesional y todo, incluso en sus vertientes más fragorosas, no deja de ser un espectáculo.
Los mejores entendedores del juego, sepan legos y distraídos, son capaces de reponer matices estéticos invalorables. Pero la noticia es doblemente luminosa en tiempos de éxodos perpetuos, cuando el 80 por ciento de los futbolistas argentinos más acreditados se desempeña en ligas europeas o en todo caso en cualquier liga que garantice ingresos elevados.
Los torneos argentinos, vapuleados de modo injusto, o cuanto menos por razonamientos incompletos, o abiertamente ligeros, sufren, y eso sí es incuestionable, una sustancial merma de mano de obra calificada.
Escasean gambeteadores, pasadores y tiempistas. Justamente los tres puntos fuertes de Riquelme, un futbolista de pocas virtudes y pocos defectos, pero unos y otros de máxima condensación.
Por eso, cuando Riquelme juega mal se nota demasiado y cuando juega bien subordina lo acontecido a sus razones de peso.
Se nota con nitidez la diferencia entre jugar a la pelota y jugar al fútbol.
Salvadas las distancias, y con el beneficio de inventario que queramos atribuir, le cabe a Riquelme la misma paradoja que a Juan Sebastián Verón: en realidad no es que ellos entiendan el juego, al parecer el juego los entiende a ellos.
Seis meses son mucho tiempo, para Riquelme sin calzarse los botines, para un Boca necesitado de un oasis como un sediento en el Sahara, y para todos aquellos que saben valorar la indispensable gravitación de los cracks.
Después quedará por ver cuál Riquelme vuelve, cómo sintoniza con el esquema de Claudio Borghi, qué tan zanjadas están sus conflictos de convivencia con Martín Palermo, etcétera. Bienvenido, maestro.
