El seleccionado argentino de fútbol acarició la gloria en la inmensidad del Maracaná, pero sucumbió sobre el final de un largo partido de 120 minutos ante la poderosa Alemania, que se consagró campeón del mundo por cuarta vez en su historia.

El 1-0 le bastó para lograr también que por primera vez un equipo europeo se lleve un título mundial jugado en América, y encima el honor de haber provocado a Brasil su mayor papelón en la historia de las Copas.

Ese Maracaná tuvo la comunión entre brasileños despechados y alemanes festivos en mayoría de los 74 mil espectadores, ante los argentinos que hace tiempo que no comulgaban en masa con un peregrinar abrumador por la selección, al punto de simular hacer suyo este Río de Janeiro bellísimo. Es que este seleccionado apuntaba alto, pero empezó el Mundial de abajo, enhebrando victorias con lo justo, fue moldeándose, sin demasiadas luces, salvo las que aportaba Lionel Messi, aceptándosele ausencias porque cuando se le necesitó estuvo.

Que hayan aportado a cuenta gotas sus socios, como Higuaín, ante Bélgica, o Di María ante Suiza, o casi nada Agüero, dan cuenta de que Messi se las tuvo que arreglar solo. Entonces Alejandro Sabella, impuso su impronta, casi olvidando el pedido del Pulga, y formó su equipo más conservador, con los que ganó en tranquilidad mas no brillo. Así le ganó el duelo, aunque en los penales, al esquemático Loius Van Gaal ante Holanda en la semifinal, y así se le plantó a Alemania en la final. Como dijo Joachim Low, el director técnico alemán en la previa, que nadie espera que vaya a ser como en Sudáfrica. Y tenía razón.

Alemania demostró que es más equipo, con variantes, con jugadores que forman una maquinaria prolija donde sus piezas parecen no erosionarse, pero Sabella encontró las fallas por la derecha y por allí anduvo Ezequiel Lavezzi, complicando a Howedes, o algún arranque de Messi, pero esta vez la puntería del Pipita Higuaín estuvo torcida. Agüero no apareció, salvo para cumplir con el cometido de tapar a Schweinsteiger, a veces violentamente, como el puñetazo que le abrió el pómulo. El Kun, el gran socio de Messi, se fue del Mundial casi sin haber aparecido.

Con un jugador monumental como Thomas Muller, versátil para aparecer por derecha o izquierda, patear de zurda o diestra, complicar a Rojo o Zabaleta, la fuerza, despliegue y visión de campo de Schweinsteiger, y los finos toques de Mesut Ozil, Alemania se adueñó de la pelota, pero el cerco con doble cinco de Mascherano y Biglia, aún con alguna desprolijidad, impidió que lleguen al arco de Romero salvo con un cabezazo de Howedes.

Higuaín disparando desviado una involuntaria cesión hacía atrás de Kross que lo habilitó cuando regresaba del offside, fue la oportunidad más clara del primer tiempo, que tuvo otra de Messi que le sacó el eficiente Boateng. En la segunda mitad, La Pulga tuvo otra opción con un tiro cruzado, que en un día de luces la hubiera puesto como con la mano al segundo palo. La tercera chance la tuvo Palacio con un sombrero al arquero que se fue desviado a un costado.

Por eso Argentina estuvo más cerca del título que en aquella final perdía también ante Alemania en Roma en el 90. Ni siquiera esta vez dieron la chance los penales, porque siete minutos antes, Mario Gotze, un fino jugador que fue más suplente que titular, paró un centro con el pecho y las ilusiones del tri se desvanecieron.

Afloró la expectativa con el tiro libre de Messi, pero no pudo poner toda su historia genial en su empeine izquierdo para esta ocasión. Y entonces se le fue su tercer Mundial, el que auguraba corresponderle y solo le quedo el galardón del Balón de Oro, por ser declarado el mejor jugador del Mundial, pero cuando lo recibió en un palco con festividades ajenas, su rostro dejó en claro que eso no lo hacía feliz.