Habían pasado la noche en Santa Clara, bajo dos carpas, sin más compañía que la oscuridad de los cerros. Al otro día, los despertó el ruido de una moto de Gendarmería: tenían que irse de allí, les ordenaban, porque esa zona no era segura y por lo tanto no era apta para el público. Protestaron, se fueron, regresaron y volvieron a irse. Y cuando ya los estaban echando definitivamente del peñasco sobre la curva clave, atinaron a mirar hacia arriba y los vieron: otro grupo, instalado en la cima de una loma, los veía desde allá, en una pequeña explanada que parecía ser un palco de privilegio. Allá fueron. Resultado: vieron el Dakar juntos, estos cedieron sus reposeras a aquellos y la retribución vino en formato de pollo asado, milanesas, berenjenas rebosadas y generosidad tinta y blanca.
El gesto se multiplicó por decenas en el escaso público de ese lugar, durante la primera etapa en San Juan. Un chori por un vaso de cerveza helada, que bajo el Sol del mediodía venía más que bien. Un lugar junto a la jarilla a cambio de una dirección de email para enviar fotos recién hechas. Voluntades por voluntades, charlas entre desconocidos, naipes en el intervalo e intercambio de galletas y entremeses.
"¡Che! -gritaba uno desde la base de la cruz-, ¿cómo se llama la mina, la minita alemana que corre en moto?". La vez subía en caracol por la ladera del cerro, hasta que alguien, no precisamente el destinatario de la pregunta, anticipaba una respuesta. "¡Carina!". "¡Jennifer González!", retrucaba otro desde el lado opuesto del circuito. Y la acústica del lugar venía de perilla para repasar listas de nombres imposibles y chistes subidos de tono, con carcajadas multidireccionales.
Gente que no se conocía en absoluto se hacía chistes al pasar. "Hay palito, bombón, helado", le gritaban desde arriba a un hombre que trepaba la montaña con una conservadora al hombro. Y nadie le negaba su propia botella con agua al sufriente a punto de deshidratación que tuviera a su lado. Mientras las máquinas aullaban en este tramo del circuito, la gente iba estrechando lazos que durarían el mismo tiempo que el espectáculo. Pero que servirían para que la jornada fuera absolutamente inolvidable.

