-¿Que pasó con tu regreso al hockey?
-La idea era volver a jugar este año, empecé para darle una mano a la Bancaria y al hockey que tanto me dio, pero me di cuenta que no estoy para jugar. En quince días tuve dos lesiones, algo que nunca me había pasado en mi carrera, y el martes pasado me volví a recaer, entonces decidí hacer un parate. Por el momento voy hacer sólo mountain bike, que es otro deporte que me apasiona.
-Entonces, ¿ahora sí el retiro es definitivo?
-Hoy la meta es poder disfrutar de mi familia. Viví tantos años lejos y solo, que uno se pone mañoso. Y lo físico también repercute mucho. Amo al hockey, pero por el momento no voy a jugar.
-¿Qué significó el hockey en tu vida?
-Fue muy importante. Empecé a jugar a los cuatro años por iniciativa de mi abuela que me llevaba a Social San Juan, a cuatro cuadras de donde vivía. A mí no me gustaba el hockey. Así me contó mi abuela, dice que recién a los 8 años me empezó a gustar tanto que jugué hasta los 19 años y de ahí me fui a Europa.
-¿Te imaginaste alguna vez que se te iba a dar tan rápido la chance de Europa?
-Desde que tengo uso de razón jugaba al hockey. A los 8 años me acuerdo que me encantaba. El sueño de cualquier jugador de hockey es irse a Europa y a mí se me dio bastante rápido. Fue todo muy rápido, pero uno trabajó para esto, porque por ahí uno trabaja deportivamente y las chances no se dan, por eso yo no me puedo quejar de lo que me dio el hockey.
-¿Cómo fue tu estadía allá solo?
-Feísimo. Yo era muy casero, muy mamero, extrañaba mucho. Yo vivía en Monza (Italia) donde está el autódromo de Fórmula 1. Era feo vivir allá. A las 3 de la tarde se hacía de noche. Si volviera el tiempo atrás creo que me hubiese ido a los 22 y no tan chico. Al ser tan pendejo extrañás el doble porque no estás tan maduro.
-Pero después igual aceptaste irte de vuelta al exterior…
-Sí, porque después que volví de España. Regresé a la Facultad a estudiar Abogacía y ahí conocí a Celina, mi mujer, fue de pura casualidad. Terminamos la carrera juntos. Nos pusimos de novios y me salió la chance de irme al Reus, en España, y como no me quería ir solo le dije que nos casáramos y nos íbamos. Si hubiese que tenido irme solo no lo hago.
-¿Cómo era vivir solo?
-Era un desastre. Como todo pibe a los 9 años, imaginate. Tenía un departamento inmenso, no sabía hacer de comer, hacía lo que podía, me las ingeniaba. Encima no podía llamarle a mi familia para que me ayudaran porque el teléfono salía muy caro. Me gastaba 1.500 pesos en teléfono. Hasta que tuve la grandísima suerte de conocer a una señora que se llama Lorenza: me la encontré en el súper y le pregunté qué podía hacer de comer. Parece que me vio muy perdido y me acompañó a mi departamento y me acuerdo patente que cuando entró se sorprendió de ver el desastre que tenía. Ahí me consiguió una chica que iba a limpiarme dos días a la semana y además me invitaba a cenar todos los jueves. Todas esas cosas me hicieron extrañar más. Ahí me di cuenta que no cambio un domingo en familia por nada del mundo.
-¿De qué manera te repartías entre la Facultad y el hockey?
-Era complicado. Había una materia que era la mas importante de la carrera, si la sacabas eras casi abogado. La rendí cuando estábamos jugando la final de la Liga con Bancaria. La rendí mal porque estaba con la cabeza en otro lado. La próxima mesa era a los 20 días justo cuando jugábamos la última final. Salimos campeones, salimos a festejar y me acosté a las 5 de la mañana y a las 6 me levanté y me puse a repasar. Fui a rendir y estuve diez minutos en la mesa y la aprobé. Ni yo lo podía creer.

