En el sepelio realizado ayer se reunieron diferentes generaciones de ex futbolistas de Atlético de la Juventud Alianza. Muchos ex dirigentes y toda la dirigencia actual. Algunos pibes ataviados con la casaca que combina el albiceleste del recordado y laureado Atlético de la Juventud, con el borravino, que se agregó en 1974, cuando se hizo la fusión con Alianza y la entidad se trasladó de Rawson a Santa Lucía.

Las anécdotas surgieron espontáneas, tanto como las lágrimas que surcaban las mejillas de hombres jóvenes, que alguna vez fueron niños y guardan el lindo recuerdo de haber sido dirigidos por ese señor que nunca tuvo frases altisonantes y nunca les faltó el respeto. Que se hizo querer con el ejemplo. Que callado, sin estridencias fue poblando las canchas de jugadores de buen píe a los que aparte de inculcarle los secretos de como pararse en la cancha y sacar ventajas de sus virtudes futbolísticas, les enseñó a ser buenas personas.

“A mi me hizo debutar a los 15 años. Yo jugaba de 10 en la Cuarta y me llamó y como la Primera andaba mal y echaron al técnico, Ernesto asumió interinamente y me dijo que jugaría ante San Martín el domingo en el equipo superior. Me puso de 3 y como no me decía nada, le pregunté: ¿Maestro, yo de marcador de punta, que hago? y él tocandome el hombro me dijo: – Usted quedese tranquilo haga lo que sabe hacer que va a jugar bien”, contó Roberto “Roquiño” Mallea, hoy presidente del club al que Picot consideraba su segunda casa.

“Era un maestro en todo sentido. No gritaba nunca, siempre te hablaba bien. No le hacía falta gritar para hacerse notar”, contó Carlitos Rodríguez, quien fue una de las joyitas que el moldeó en la cantera Lechuza.

“Vaya pibe, juegue a lo que usted sabe”, esa era la frase que les decía a sus jugadores antes de salir a la cancha. No hacía falta más. Él sabía que lo que había sembrado en los entrenamientos daría sus frutos en la cancha.