Pasó Diego, pasó Batista, llegó Sabella y Bolivia -sí Bolivia- es materia pendiente en el ciclo contemporáneo de Argentina. Tres jugados: dos empates, una derrota entre Eliminatorias y Copa América. Y claro, como los números no mienten, Argentina está obligada a la autocrítica feroz y al replanteo. Sin anestesia. En esa profunda autocrítica la pregunta que se impone como inicial es la siguiente ¿a qué jugamos? Solo así y a partir de encontrar la respuesta justa, contundente y exacta, Argentina empezará a tener identidad. Porque hoy es solamente un puñado de voluntades que quiere hacer algo bueno en la cancha de la mano del mejor del mundo, pero que no sabe cómo hacerlo. Ese es Argentina hoy. El de Sabella, que no se aleja mucho del que vimos con Batista y tampoco está muy distante del de Maradona. Sin libreto, con pocas convicciones y con una sumisión táctica que asusta. No se sabe si es Messi-dependiente, no se decide a jugar para y por Lionel, no se rebela a los mezquinos planteos rivales y para colmo, comete errores.

Si la idea es presionar bien arriba, lo hace de ratitos y eso pierde efecto. Esa irregularidad neutraliza la propuesta. Si se para la contra, se ahoga en su propia ansiedad. Sabella tiene que definir el sistema y la propuesta. Se tiene que responder antes que nada a qué jugamos. Esa es su obligación. Argentina es Argentina, por más sistema y nombres que encierre. Sabella heredó una generación que se luce, pero con otras camisetas y su trabajo será convertir en corto plazo a ese grupo de grandes jugadores en una selección que defina a qué juega en cada centímetro de la cancha.