Uruguay, un país pequeño donde el Presidente es un ex líder guerrillero cuya posesión más valiosa es un viejo Volkswagen Escarabajo, apuesta a convertirse en el nuevo consentido entre los inversionistas globales, ya que se encamina a recuperar el grado de inversión tras haber obtenido una mejora en sus calificaciones crediticias por parte de dos agencias en el último mes. Mientras que la renegociación voluntaria de su deuda del 2003 es citada como ejemplo para Europa, que sigue sumida en una crisis.

Además, proyectos como un complejo de unos 1.900 millones de dólares en una planta celulosa han impulsado las inversiones a máximos récord, ampliando una economía que tradicionalmente se basaba en la agricultura.

Estar ubicado entre las dos mayores economías sudamericanas (Brasil y Argentina) “es como ser un perro pequeño en una jauría de grandes. Ese perro pequeño tiene que ladrar más fuerte, tiene que hacerse más el malo, porque si no, no existe”, dijo Ignacio Otegui, presidente de la Cámara de la Construcción uruguaya. Es por esto que Uruguay exige respeto de sus vecinos pero también lo gana en el exterior, donde se valorizan sus instituciones estables, sus bajos niveles de corrupción y el cumplimiento y respeto a las leyes -que lo diferencian de muchos otros latinoamericanos. Esta valorización quedó demostrada cuando la inversión extranjera directa en Uruguay trepó a 1.630 millones de dólares el año pasado, casi duplicando las cifras del 2005.
A pesar de los elogios, Uruguay enfrenta obstáculos logísticos, laborales e inflacionarios que debe superar para sacar provecho del actual auge en los precios de los alimentos y sostener su crecimiento en el transcurso del tiempo. Sus puertos y carreteras están saturados. Carece de suficientes trabajadores calificados y sólo la mitad de su población ha terminado el secundarios, según datos recientes del Ministerio de Trabajo. Sin embargo, la economía uruguaya ha crecido por 8 años consecutivos por encima del promedio regional y se expandió a una tasa del 8,5% en el 2010. El desempleo oscila en mínimos históricos -de un 5,5 en junio- reflejando las tendencias en otros países de Sudamérica.
Su economía se basa principalmente en la agricultura y la ganadería, el turismo y la industria de celulosa. Es por esto que funcionarios esperan desarrollar el sector minero explotando un nuevo descubrimiento de depósitos de hierro.

Por otra parte, los analistas de bancos globales han advertido a Uruguay de un obstáculo clave: la inflación. Los precios al consumidor subieron un 8,25% en 12 meses hasta julio, muy por encima del rango meta del Banco Central del 4 al 6% para fines de este año.

Uruguay enfrenta un dilema que se nota en toda la región. El Gobierno puede combatir la inflación mediante el recorte del gasto -algo que es políticamente riesgoso- o permitiendo que la moneda se siga apreciando ante el dólar, lo que perjudica la competitividad del país. En este marco, Carlos Steneri, quien fue jefe de la oficina de deuda del Gobierno dijo que aunque la inflación es un problema “desprolijo” para el país, no es una gran preocupación para los inversionistas. ‘El costo de la inflación no lo paga el empresario, ese costo lo paga el asalariado, que le ajustan una vez por año los salarios. El empresario es el que gana porque el va ajustando todos los meses los precios‘, dijo.

Además con respecto a las inversiones Steneri aseguró que la atracción principal de Uruguay para los inversionistas son sus coordenadas geográficas, ya que el país sirve como puerta de ingreso al más dinámico eje de Sudamérica, que se extiende desde Santiago en Chile a Sao Paulo en Brasil. Por esto, algunas compañías globales usan a Uruguay como zona de ensayo, ya que su pequeño tamaño lo convierte en un “laboratorio” perfecto para incursiones al Mercosur, integrado por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, dijo Otegui.