Colombia, 1 de junio.- Como bien puede pasar en cualquier capital latinoamericana, un día de paseo por el casco histórico de Bogotá puede convertirse en una experiencia excitante. Es que la originalidad y el colorido al momento de hacer reclamos laborales bien podría decirse que está a la orden del día en la región.

Cientos de conductores de bicitaxis -también llamados tricimóviles- se autoconvocaron en la Plaza de Bolívar, epicentro de La Candelaria o Ciudad Vieja, en pleno Bogotá, para reclamar que su actividad deje de ser ilegal y así poder desarrollarla sin ser perseguidos por la policía local.

"Queremos nuestra legalidad y nuestra norma", decía el representante de los trabajadores por un altoparlante, al tiempo que exigía que el Ministerio de Transporte, la Secretaría de Movilidad y las alcaldías locales de cada municipio se hagan eco de su protesta.

Compuestos de una bicicleta-triciclo con una capota de lona y asiento para dos o tres personas, los bicitaxis recorren las calles de la vieja Bogotá en las horas pico, donde los "trancones" (embotellamientos) hacen imposible la circulación, principalmente desde y hacia los mercados donde la gente hace sus compras.

Dado que actualmente la actividad es ilegal, la policía cumple la tarea de impedir la circulación de este “medio de transporte” por las empedradas calles.

"Nosotros estamos dispuestos a pagar los impuestos que sean necesarios para trabajar sin ser perseguidos", seguía el hombre en medio de sus compañeros y frente un vallado Congreso Nacional. Mientras, turistas que se habían acercado hacia el centro histórico bogotano deambulaban por la plaza al tiempo que algún baqueano aconsejaba alejarse de la zona “por si la protesta se complicaba”.

Simultáneamente, al otro lado la plaza, comenzaban a nuclearse profesores universitarios para también manifestarse. Estos, en contra de una reforma educativa.

Bocinazos de los bicitaxis, gritos de aliento, oportunistas vendedores ambulantes, mendigos, medios de comunicación locales y hasta “adivinadores de destino” daban marco a la plaza, desbancando de su espacio a las palomas, habituales pobladoras del lugar.

Una catedral cubierta de telas para evitar las “bombas” de pintura, que ya habían causado algún daño a sus añejas paredes, un Congreso y una Casa de Gobierno vallados y rodeados de policías completaban la postal.

A un par de cuadras, la ciudad presentaba su ritmo de siempre… los restaurantes, el Museo Botero y los Cerros de Monserrate permanecían como ajenos al bullicio y la protesta.