Diez días después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el entonces presidente estadounidense, George W. Bush, anunció a la nación y al mundo: ‘Nuestra guerra contra el terrorismo comienza con (la red terrorista) Al Qaeda, pero no termina allí. No terminará hasta que cada grupo terrorista con alcance global haya sido encontrado, detenido y derrotado‘.
Ese fue el inicio de 15 años de continúas guerras y de una espiral de violencia global que alcanzó hoy la peor crisis mundial humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial. En 2001, un poco menos de 2.000 atentados de grupos radicales sacudieron al planeta y provocaron unas 14.000 víctimas, entre muertos y heridos. En 2015, tras el giro belicista de Bush y la continuidad más moderada de su sucesor, Barack Obama, los atentados escalaron ese año a casi 15.000, con un saldo de más de 80.000 fallecidos y heridos, según relevó el diario The New York Times.
Estas cifras desnudan un mundo cada vez más inestable y violento, pero también la responsabilidad primaria de EEUU: alrededor de un tercio de los muertos y el 40 por ciento de las personas que resultaron heridas en 2015 fueron víctimas de atentados en Afganistán e Irak, los dos países invadidos y ocupados por Washington en nombre de su guerra contra el terrorismo.
Un escenario igual de desesperanzador revelan las cifras del Acnur, la agencia de Naciones Unidas especializada en refugiados por conflictos armados o cuando sus vidas corren peligro. En 2001, después de una década de auge de conflictos sectarios, religiosos y étnicos, producto del fin de la Guerra Fría y la reconfiguración política mundial, el Acnur contabilizó unos 19,8 millones de refugiados o desplazados en el planeta. Hoy la cifra trepó a 65 millones de personas. Cerca de un 17 por ciento de este incremento se explica sólo por las guerras iniciadas y protagonizadas por Estados Unidos en Afganistán e Irak, mientras que alrededor de un cuarto se debe a los cinco años y medio de guerra en Siria, conflicto que incluye a varias potencias extranjeras, entre ellas Washington.
La Universidad de Brown en Estados Unidos estimó que más de 300.000 personas murieron por las guerras iniciadas por Washington en Afganistán, Pakistán e Irak; mientras que reconocidas organizaciones internacionales de médicos llegaron a elevar esa cifra a más de 1,3 millones de fallecidos.
Pero la guerra mundial contra el terrorismo lanzada por Bush y ratificada en la práctica por Obama no se limitó a esos países. El constante estado de guerra global le sirvió al líder republicano para justificar también bombardeos con drones en Yemen, Pakistán y Somalía.
Su sucesor, Obama, moderó el discurso belicista y comenzó a hablar de la lucha contra el terrorismo, ya no una guerra. Sin embargo, la lucha no hizo más que expandirse alrededor del globo. Obama reafirmó que los islamistas radicales representaban una amenaza directa a la seguridad nacional de EEUU y bajo ese argumento aumentó los ataques con drones y los expandió a otros países africanos. El uso de drones fue autorizado por Bush y ratificado por Obama para matar a los principales líderes de milicias islamistas radicales sin juicio previo, en cualquier parte del mundo.
Según la organización británica Bureau of Investigative Journalism, durante los primeros seis años de gobierno de Obama, EEUU lanzó 456 bombardeos y mató a 2.500 personas, entre ellos 314 civiles; es decir, nueve veces más que durante el gobierno de Bush. El Gobierno de Obama informó en julio pasado que, por fuera de Afganistán e Irak, lanzó entre 2.372 y 2.581 bombardeos con aviones no tripulados. Télam
