Más de un 1 millón de personas salieron el domingo a las calles de varias ciudades de Brasil para protestar por la difícil situación económica, el alza de los precios y la corrupción y para pedir la destitución de la presidenta Dilma Rousseff.

Las marchas ocurren en medio de los intentos del gigante sudamericano por superar dificultades económicas y políticas.

Es poco probable que en el comienzo de su segundo mandato de cuatro años, la presidenta renuncie o enfrente un proceso de destitución como piden varios de sus opositores, molestos por casi cinco años de estancamiento económico y por los escándalos de corrupción en la petrolera Petrobras, controlada por el Estado. Para una presidenta reelegida hace apenas cinco meses, las protestas son una señal de un país polarizado y cada vez más descontento con su liderazgo. Rousseff ha sido abucheada recientemente en apariciones públicas y a inicios de este mes hubo cacerolazos durante un discurso televisado. Las protestas del domingo fueron mayores a lo que se esperaba y en general pacíficas y festivas.