Cuando comenzó en 2010 la ‘Primavera Árabe‘, esa serie de movimientos sociales que exigían cambios políticos y económicos drásticos en algunas sociedades norafricanas y de Medio Oriente, no era difícil de imaginar que en algunos casos éstos iban a terminar en guerra civil o en violentas represiones. Esto se ve hoy en Siria.

Desde que en 1969 llegó al poder, Afez al-Asad, padre del actual jefe del régimen sirio, Bashar al Asad, ambos del Partido Socialista Arabe Baath, el mismo partido que en su rama irakí había tenido a Saddam Hussein, ha estado

sostenido económica y militarmente por la antigua Unión Soviética y ha tenido en Israel a su principal enemigo. Posteriormente, el final de la Guerra Fría con la implosión del comunismo hizo que la Unión Soviética desapareciera, pero los intereses soviéticos en Siria fueron reemplazados por los intereses de Rusia.

Siria es un enclave importante, porque si bien tiene petróleo y gas, aunque no en abundancia, ha sido un territorio disputado desde la antigüedad, más de mil años antes de Cristo. Las rutas comerciales y ciudades caravaneras sirias estaban envueltas en juegos de poder entre las distintas potencias de esa época. Hoy la situación no ha variado en demasía, Siria limita con Turquía, Irak, Jordania, Líbano e Israel, y los puertos sirios en el Mediterráneo son hoy utilizados por la armada rusa para tener alguna presencia en la parte oriental de ese mar.

Además de ser un enclave geográfico de valía, Siria es gobernada por una minoría religiosa, los alauitas, un desprendimiento del siglo IX de los chiítas, y que se han mantenido en el poder con el apoyo de otras minorías, entre ellas la de los cristianos. En cualquier caso esta ingeniería política impide que la mayoría sunnita, vinculada a Arabia Saudita, ocupe el gobierno. Este es uno de los motivos por los que el reino saudí participa activamente financiando a los rebeldes que se enfrentan a al-Asad y recluta hombres de distintas nacionalidades para involucrarlos en esta guerra. Pero este accionar saudí no sería factible si no contara con el claro apoyo de Estados Unidos, Turquía, Jordania e Israel y de algunos países de Europa Occidental, como Francia, que también han armado a estos grupos rebeldes englobados en el Ejército Libre de Siria que se enfrenta al gobierno de al-Assad, que es sostenido por lo que queda de las fuerzas armadas de su país y por gran parte de la población, además de contar con los apoyos de Irán, la milicia palestina de Hezbollah y el explícito compromiso militar de Rusia y solo diplomático de China.

Lo paradójico es que ese ejército rebelde está integrado por milicias que responden a los intereses de los EEUU y de sus aliados en la región, pero también hay otras, como el Frente Al-Nusra, que es integrista islámico y es el aliado local del grupo terrorista Al Qaeda. Por increíble que parezca estos históricos enemigos de pronto coinciden en el objetivo común de derrocar a al-Asad en una guerra que ya se extiende por más de dos años y que ha significado unos 100.000 muertos. Es esta guerra sobre la que el mundo ha posado su vista y que genere el temor de que su dimensión regional se troque por otra global. Pero pocos observaron que todo presidente de los EEUU responde a los intereses estratégicos de su país, a sus lobbys, a sus aliados y que va a buscar siempre su propio beneficio. Aclarado esto, si se observa el conflicto sirio desde la perspectiva de una teoría que estudia las Relaciones Internacionales, denominada el Realismo Político, a los aliados de EEUU en la región, Arabia Saudita, Israel y Turquía les conviene el agravamiento del conflicto; que Siria continúe desgarrándose en una cruenta guerra civil que la debilite y que EEUU obtenga una serie de objetivos estratégicos como sacar a Rusia del Mediterráneo Oriental, debilitar al régimen de los ayatollahs de Irán y acabar a la milicia palestina de Hezbollah radicada en Líbano, enemiga mortal de Israel y lógicamente aliada de Siria e Irán en esta guerra.

En los meses recientes las Fuerzas Armadas sirias han estado claramente ganando la guerra, esto es lo que lleva a que EEUU deba necesariamente intervenir en el conflicto para debilitar a al-Asad. Para ello se ha esgrimido la supuesta existencia de un ataque con armas químicas en un barrio del este de Damasco, llamado Goutha, por parte del Ejército sirio, lo que le estaría brindando su casus belli para intervenir en la guerra alegando la defensa de civiles. Por esto es que se enviaron inspectores de la ONU al lugar y de los que aún se espera el veredicto acerca de si se usaron y quien usó esas armas, si las empleó el Ejército Nacional o si lo hicieron los rebeldes. Es muy difícil que el Ejército nacional haya empleado esos gases por dos motivos, el primero porque están ganando la guerra y no tienen necesidad de usar armas químicas, que además daría así el motivo que EEUU necesita para intervenir en el conflicto.

Es más creíble suponer que las podría haber usado el bando rebelde para dar un argumento que justifique la aparición de EEUU en el escenario sirio y que posibilite el bombardeo masivo con misiles de larga distancia para debilitar a al-Asad y profundizar la guerra civil lo suficiente como para detener su actual sucesión de triunfos.

Sucede que esta vez, y a partir del parecido que ofrece la intervención directa de EEUU con la guerra de Irak, cuando se lo invadió en marzo de 2003 porque Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva, armas que hasta la fecha nunca se encontraron, es que muchos de los gobiernos del mundo y la sociedad global, tal como se evidencia en las redes sociales, no están dispuestos a tolerar esta nueva aventura estadounidense, ahora amparada en otro supuesto: el uso de armas químicas por parte de al-Asad contra la propia población de su país.