En un viaje histórico que comenzó ayer, el papa Francisco ha concentrado todas las miradas en su figura humilde y sencilla; en un territorio marcado por enfrentamientos y conflictos que se prolongan desde hace mucho tiempo. Un viaje marcado por el número tres pero que converge en el uno. Tres días de recorrido; tres ciudades que son Amman, Belén y Jerusalén; tres las religiones monoteístas que se celebran allí: cristianos, judíos y musulmanes. Pero todo el caminar de Francisco por esas tierras santificadas por los pies del peregrino Jesús, tiende a involucrar a todos los hombres a encontrar la unidad que es expresión de la paz. Una paz que, como lo decía ayer en Jordania, no se compra ni se vende, sino que es un don que hemos de buscar con paciencia y construir artesanalmente, mediante pequeños y grandes gestos en nuestra vida cotidiana‘. Hoy visitará Belén, que en hebreo significa ‘la casa del pan‘. Allí compartirá la mesa y el pan con familias palestinas sufrientes, para conocer el drama de quienes por estar al otro lado del muro, padecen discriminación humillante. Tocará ‘con mano‘ el dolor de la periferia. Es que Israel comenzó a construir en 2002 un muro de 721 km que serpentea un suelo que separa al territorio de la Autoridad Nacional Palestina con Israel. A esta altura de los tiempos, aún no hemos comprendido que la civilización necesita de puentes tendidos y no de vallas levantadas. Para esto es imprescindible derrumbar las murallas de la indiferencia egoísta que circunda nuestro corazón. Decía la Madre Teresa de Calcuta el 11 de diciembre de 1979, al recibir el Premio Nobel de la Paz: ‘Si no tenemos paz en el mundo es porque hemos olvidado que nos pertenecemos el uno y el otro, y que hemos sido creados para amar y ser amados‘. En Belén será recibido por su alcaldesa católica: Vera Baboun. Una novedad relevante en un territorio machista: una mujer de 49 años, viuda porque los israelíes asesinaron a su esposo. Luego el Papa ingresará a la Basílica de la Natividad, por medio de una puerta pequeñísima llamada la ‘puerta de la Humildad‘. Allí bajará hasta la gruta donde nació Jesús, quien se reveló niño, desnudo y vulnerable, para que los hombres dejáramos de tenerle miedo a Dios. Es que sólo los humildes pueden robarle su corazón. Después viajará a Tel Aviv para entrar en Jerusalén donde se encontrará con el patriarca Bartolomé I, quien es guía de 300 millones de cristianos ortodoxos, y con quienes estamos separados desde hace 960 años, luego del lacerante cisma de 1054. Frente al Santo Sepulcro se darán un abrazo histórico, enseñando a la humanidad que la diversidad de personas o ideas no debe provocar rechazos, porque la variedad es siempre una riqueza, y quien piensa distinto no es un adversario al que combatir sino un hermano con quien hay que compartir la misión de trabajar para unir.
Las huellas de un humilde peregrino

